COFRADIA SANTA MARIA DE LA ALHAMBRA


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EXALTACION XXVIII

EXALTACIONES

XXVIII EXALTACIÓN
A NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS DE SANTA MARÍA DE LA ALHAMBRA

Escribió Delhaye que todo cuanto
mira a la Cruz de Cristo se dirige
no sólo a nuestra inteligencia
iluminada por la fe, sino también
y sobre todo a nuestra esperanza.


46 Proclama mi alma la grandeza del Señor,
47 se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
48 porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
49 porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
50 y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.


Primera parte del "Magnificat", la oración que el evangelista san Lucas pone en boca de la Santísima Virgen. Es una Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de ella y de acción de gracias por el pasado, presente y futuro que nos presenta.
María es la "Virgen Orante".
Fijémonos en el versículo 48 en el que la Virgen adelanta o profetiza su exaltación a lo largo de los siglos:
…desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

¡¡ En ello estamos!!


Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la "Muy Antigua Hermandad Sacramental de la Santísima Trinidad y Nombre de Jesús y Real e Ilustre Cofradía de Penitencia de Nuestra Señora de las Angustias Coronada de Santa María de la Alhambra".
Señor Presidente de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Granada.
Autoridades…
Hermanos Mayores y Representantes de las Cofradías de penitencia y gloria…..
Hermanos cofrades.
Señoras y señores.
Antes de continuar, quiero agradecer las sentidas palabras del señor Secretario en la presentación. Palabras que con seguridad son más bien fruto de la amistad y del cariño de tantos años de convivencia en la Hermandad, que de los escasos méritos que puedan avalarme para ocupar este atril.
¡¡Gracias Roberto!! Y
¡¡Gracias Hermano Mayor y Junta de Gobierno!!


Así mismo, quiero tener un recuerdo y una oración para aquellos hermanos y hermanas que ya no están con nosotros, algunos de los cuales me precedieron en este lugar, y de los que aprendimos tanto y tantos buenos ejemplos nos legaron. Vaya por ellos la oración.


Un día normal de marzo, salíamos un grupo de hermanos de un acto eucarístico de adoración nocturna en la Basílica de San Juan de Dios, cuando nuestro Hermano Mayor se acercó para pedirme que hoy estuviera aquí hablando ante vosotros, exaltando a Nuestra Señora de las Angustias de Santa María de la Alhambra…
En principio me resistí y le dije que lo pensaría…Pero mi insensatez, pudo más que mis miedos, y mi osadía más que mi prudencia….Acepté, sin pensarlo, porque de haberlo meditado, seguramente, la inteligencia hubiera vencido a los sentimientos…
Pero dejamos tomar la decisión al corazón, que, de vez en cuando, y sin abusar, tampoco es malo.
A partir de ese momento hemos vivido unos días de ilusionante responsabilidad.
El problema, hermanos, lo tengo ahora. Ahora me toca pagar mi atrevimiento, y presentarme ante vosotros con una más que evidente carencia de conocimientos y bagaje para estas lides.
Tengamos fe y confiemos en la Virgen.


Veneramos en nuestra Hermandad a la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de las Angustias de Santa María de la Alhambra. Una Piedad representada por el maravilloso conjunto escultórico que ocupa el Altar Mayor y del que ya se han hecho cuantos elogios nos podamos imaginar.
Pero parémonos un momento a meditar (reflexionar) sobre el instante que representa:
Acaban de desprender a Cristo de la Cruz y María sentada al pie de la misma recoge en su regazo a su Hijo muerto, será, quizás, la última vez que lo tenga en sus brazos, intenta mantener su cabeza erguida sosteniéndola con una mano y con la otra sostiene también la mano de Cristo, pero el otro brazo cae inerte y la sangre en el costado delatan claramente que ya no hay vida en ese divino cuerpo. Es la antesala de la santísima Soledad.
¿Qué silencio tan grande guardarían todos los que estaban a su alrededor, tantas veces representados en múltiples obras de arte? María la de Cleofás, María Magdalena, el discípulo Juan, José de Arimatea, Nicodemo y algún otro de los que estaban por allí echando una mano.

¿Qué diferencia tan grande con otras advocaciones en las que la Virgen aparece risueña con Jesús bebé en brazos?
¿Cuántas veces lo tomaría?
María contempla a su Hijo.
María siempre mira a Jesús.

Dijo el Papa Juan Pablo II que la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial.
Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún.
Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo.
Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo "envolvió en pañales y le acostó en un pesebre" (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él.
Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: " Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? " (Lc 2, 48).
Será en otro caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná.
Otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Hijo, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella.
En la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la venida del Espíritu en el día de Pentecostés.
En nuestro caso la mirada es dolorida. El rostro de la Virgen, humanamente hablando, muestra una tristeza infinita, no es para menos, es su único hijo.
Pero también es infinita la serenidad que muestra, porque acata y conoce que los caminos de Dios son inescrutables.
¡Cuan grande, cuan heroica es en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los " insondables designios " de Dios!
Es la misma fe con la que había acogido la revelación del ángel en el feliz momento de la anunciación. Entonces había escuchado aquellas palabras:
" El será grande... el Señor Dios le dará el trono de David su padre ... reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin " (Lc 1, 32-33).
Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María es testigo, mirándolo desde el punto de vista humano, de un completo desmentido de estas palabras.
Su Hijo ha agonizado sobre aquel madero como un condenado.
Sin embargo ¡Cómo se " abandona en Dios " sin reservas, prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad!
María en la hora de las tinieblas más profundas, persiste valientemente en la fe, con la única certeza de la confianza en la palabra de Dios.
Y a la vez, y seguimos meditando, ¡cuan poderosa es la acción de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza!
"Feliz la que ha creído" había sido la bendición pronunciada por Isabel en la visitación. María es la "Virgen oyente", que acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la Maternidad divina.
Y esta bendición alcanza su pleno significado, cuando María esta junto a la Cruz de su Hijo.

Indudablemente María es el modelo de fe.

Esta es pues, la imagen que nuestra Hermandad procesiona, permítaseme que emplee este vocablo. Pero no nos quedemos en las Angustias de Santa María de la Alhambra, la Virgen es mucho más. Sigamos reflexionando (meditando) a lo largo de la procesión que es la verdadera exaltación.
Estamos en los prolegómenos de la Semana de Pasión. Pronto llegará el Sábado Santo. La Iglesia está abarrotada de hermanos y fieles que quieren ver y acompañar a la Virgen.
¡Bendito sea Dios! Al menos una vez al año, una gran parte de los cofrades acuden al recinto.
Indefectiblemente, como cada año, y van muchos ya, se nos hace un nudo en la garganta en el momento de salir, y las lágrimas quieren aflorar y correr por las mejillas. ¡Pero cuidado!, no te puedes abandonar a los sentimientos, aún no te has puesto el capillo, estás en labores organizativas, hay mucha gente esperando y esto tiene que salir bien.
Hay muchos fieles esperando y con Esperanza.
Esperanza virtud teologal por la que esperamos en Dios con firmeza que nos dará los bienes que nos ha prometido.
¡Qué virtud tan olvidada en estos tiempos!
Alguien comentaba que vivimos un tiempo de "inesperanza" más que de "desesperanza". La inesperanza no es, como la desesperanza, un estado individual, subjetivo, más o menos sometido a la voluntad, sino que es una situación objetiva, de muchedumbre, un contagio creciente y, por muchos síntomas, inestable, ¿inevitable?, No si acudimos a la esperanza fundada en una persona, la de María la Virgen.
Esperanza para los necesitados, para los que padecen una situación de inferioridad e injusticia. Esperanza para todos en un futuro mejor…
Los fieles esperan, decíamos, ninguna invocación tan expresiva, ninguna oración tan penetrante como aquella que se reza sintiendo el corazón atravesado por la dulce voluntad de esperar. La esperanza es vencedora del dolor hiriente de la vida, es luz frente a la angustia que limita con miedo el horizonte del después, y es virtud teologal cuyo primer objeto es Dios, circunscrito al deseo no estático sino activo de alcanzarlo.
Así pues una multitud de fieles verán pasar a la Virgen de las Angustias de la Alhambra, a María, para confiarle lo que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva especialmente en su corazón. Lo que por miramiento o por pudor muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad.
Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos más secretos.
El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.
María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor. Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a ella, descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como una ala que nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios.
La Virgen, es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios, y así, nos lo recuerda el Magnificat.

Definitivamente María es la verdadera fuente y espejo de esperanza.
Ya estamos en pleno recorrido, y la multitud se agolpa al paso del trono de la Virgen de las Angustias.
Esa multitud está formada por gente actual. Es el hombre contemporáneo, en su mayor parte, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza; postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin fin; turbado en el ánimo y dividido en el corazón entre creer y no creer; la mente suspendida por el enigma de la muerte; oprimido por la soledad mientras tiende hacia la comunión; a veces incluso presa de sentimientos de náusea y hastío.
Pero la Virgen, sale a su encuentro, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: es la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte.
Y todo esto lo hace con delicadeza, recogiendo nuestras necesidades y haciéndoselas llegar a su Hijo.
Sabe de las necesidades de todos nosotros, es más comprende estas necesidades. Desde el principio los evangelistas nos la muestran ejerciendo labores de ayuda, de caridad….
Con su prima Isabel, con la que permaneció "unos tres meses" para atenderla en el embarazo.
Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná de Galilea se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús.
En este episodio se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia " No tienen vino ". Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder de salvación de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone " en medio ", o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede -más bien " tiene el derecho de "- hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María " intercede " por los hombres.
Por eso invocamos a María con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, Consuelo de los afligidos, Refugio de los pecadores, Salud de los enfermos…
A la Bienaventurada Madre de Dios se la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; se la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que " no caiga " o, si cae, " se levante ".
Es enorme el amor hacia todos nosotros.
La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras.
Como comenta el catecismo la caridad divina tiene la peculiaridad de vaciarnos del egoísmo y de vivir en todo la entrega y la generosidad. Cuando en una persona hay apertura, sencillez, disponibilidad, despego, servicio, perdón… entonces es señal de la presencia de Dios en esa alma.
El apóstol San Pablo en su descripción incomparable de la caridad termina comentando que: La Caridad todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.
Viendo el paralelismo podemos decir que:
Verdaderamente María es el paradigma de la caridad.
En estos momentos que vivimos catástrofes y desastres naturales o provocados, catástrofes morales y espirituales donde se llega a cuestionar la presencia o ausencia de Dios, que enorme ejemplo de fe, esperanza y caridad nos da la Virgen María.

Avanza la procesión y observamos que muchos hermanos y hermanas llevan el rosario entre sus manos.
¿Hay mayor exaltación a la Virgen que el rezo del Rosario? Plegaria maravillosa en su sencillez y en su profundidad, compendio de todo el evangelio en sus misterios: los gozosos (recordando desde la encarnación a la vida oculta de Jesús), los dolorosos (considerando los sufrimientos de la pasión), los gloriosos (el triunfo de la resurrección) y los luminosos (donde se recogen algunos momentos particularmente más significativos de la vida pública de Jesús).
¡Que enorme valor laudatorio y de súplica ferviente tiene el rosario!

Los papas Pablo VI y Juan Pablo II insisten, lo hemos comentado antes, en otro elemento esencial: la contemplación. Sin esta, el rosario es un elemento sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús "cuando oréis no seáis charlatanes como los paganos que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6,7).
Por su naturaleza el rezo del rosario requiere un ritmo tranquilo y reflexivo que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca de El. Así pues, rezar el rosario es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo.
Y no solo "contemplamos" a Cristo, sino que además "anunciamos" a Cristo con María, "rogamos" a Cristo con María, "configuramos" a Cristo con María, "comprendemos" a Cristo con María y "recordamos" a Cristo con María.


María es Reina del Santísimo Rosario.


Tenemos que volver.
Se ha realizado la Estación de Penitencia y el tiempo está tasado.
¡Cuantas reflexiones (meditaciones) sobre la Virgen se nos quedan en el camino!

María Estrella de la nueva evangelización.
Hay que reiniciar la evangelización de nuestra sociedad ampliamente secularizada, laicista, cada vez más descreída....y seguir anunciando los dones y las promesas de Dios a nuestros hermanos con un lenguaje directo y comprensible, que responda de verdad a los interrogantes de cada momento. Así como guiar y sostener en la fe a las nuevas comunidades cristianas que surgen del anuncio misionero por la potencia de la palabra y la gracia del Espíritu Santo.
La presencia e influencia de la Madre de Jesús han acompañado siempre la actividad misionera de la Iglesia.


María Trono de Sabiduría.
En este tiempo del conocimiento, donde el saber científico crece de manera exponencial, en el que aparecen unas y otras teorías que intentan deshacerse de Dios, cayendo en la tentación de comer del fruto del árbol de la ciencia para ser como dioses, sabedores del bien y del mal. Pero se trata de una quimera, de un querer lo imposible.
Que el "Trono de Sabiduría" sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de María que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la Humanidad para siempre.

María Reina de la Paz.
En esta actualidad que nos ha tocado vivir, no tenemos más remedio que acudir a la oración del Papa Pablo VI:
"Mira con maternal clemencia, Beatísima Virgen, a todos tus hijos. Atiende a la ansiedad de los sagrados pastores que temen que la grey a ellos confiada se vea lanzada en la horrible tempestad de los males; atiende a las angustias de tantos hombres, padres y madres de familia que se ven atormentados por crueles temores, preocupados por su suerte y la de los suyos. Mitiga las mentes de los que luchan y dales "pensamientos de paz"; haz que Dios, vengador de las injurias, movido a misericordia, restituya las gentes a la tranquilidad deseada y los conduzca a una verdadera y perdurable prosperidad".


María Reina de la familia
Cuanto habría que decir sobre la familia en estos momentos en que casi todo va encaminado a un proceso ideológico de deconstrucción de la familia. Cuando la familia es la primera comunidad eficaz para resolver los nuevos retos sociales que presenta la vida. Y además hace presentes en la sociedad los valores más genuinos, aquellos que contemplan al ser humano en toda su dignidad y que asumen y protegen su vulnerabilidad. Hay que imitar a la Familia de Nazareth.

Estamos llegando al templo.
Sigue habiendo multitud de fieles que han acompañado a la Virgen de las Angustias en su regreso a la Alhambra. A veces el entusiasmo se desborda se oyen piropos, vivas, distintas aclamaciones…
Hay que reflexionar de nuevo…
Es necesario recordar a los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un estéril y transitorio sentimentalismo, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos inclina a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.
Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales. A la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de masas, desaparece.
En Jerusalén, cuando Cristo, cabalgando sobre una borriquilla, es aclamado como Rey, no está María. Pero aparece junto a la Cruz, cuando todos huyen.
Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los creyentes.
Sus Virtudes son sólidas, evangélicas: como la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sencilla; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la piedad hacia Dios, pronta en el cumplimiento de los deberes religiosos, que ofrecen en el templo, que ora en la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro, en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz; la delicadeza provisoria; la pureza virginal; el fuerte y casto amor esponsal.
De estas virtudes de la Madre nos adornaremos sus hijos, que con tenaz propósito debemos contemplar sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida.
Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.
Se agota el tiempo y la capacidad de escucha de los cofrades.
La Virgen de las Angustias de Santa María de la Alhambra ¡Gracias a Dios! ya está en su templo.
Un año más se ha exaltado a la Virgen y se ha llevado a Cristo y a su Bendita Madre a la vida pública, como pide el Papa Benedicto XVI, y se da un no rotundo a la subjetivación del hecho religioso.
Ahora sí, es el momento de abandonarnos al sentimiento.

Por tanto: HE DICHO Granada, abril 2011



AGUSTIN ARANTAVE




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