COFRADIA SANTA MARIA DE LA ALHAMBRA


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EXALTACION XXVI

EXALTACIONES


XXVI EXALTACIÓN
A NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS CORONADA
DE SANTA MARÍA DE LA ALHAMBRA


¡SALVE, VIRGEN MARÍA! ¡SALVE, MADRE SANTA!
¡MADRE DEL REY QUE GOBIERNA CIELO Y TIERRA!:


creo firmemente en Ti;
afirmo tu inmaculada concepción;
te invoco como MADRE de Dios y Madre mía;
te venero con profunda reverencia.


Postrado a tus plantas confieso mis culpas
y expreso mi arrepentimiento convencido y esperanzado
de que por tu intersección me serán perdonadas,
ya que tú eres la senda que nos lleva directamente a tu Hijo.

Te doy gracias por todos los bienes que del cielo he recibido:
gracias por los padres en cuyo hogar nací;
gracias porque me formaron cristiano,
gracias por la esposa que ha puesto a mi lado,
por los hijos cuyo amor y respeto recibimos,
por los nietos con que nos ha premiado.

Gracias por haberme dado la oportunidad
de manifestar mi amor hacia ti
al exaltarte públicamente.
Gracias por mantenerme en el seno de la Iglesia
y por estos hijos tuyos con los que convivo en mi Hermandad.
Ruega por todos ellos, Santa María Virgen;
Ruega por todos los que han partido ya,
y en especial (¡Permitídmelo!) por Paco Ruiz,
que me apadrinó como Mayordomo Sacramental,
me entusiasmó con su entusiasmo,
y me abrió las puertas de la Hermandad.
Ruega por todos nosotros,
para que siguiendo tu ejemplo seamos legítimos discípulos de Cristo,
escuchemos con verdadera sed su palabra
y la cumplamos con fidelidad,
para que un día podamos gozar, junto a los familiares y hermanos
que nos han precedido, la gloria eterna.

Reverendo padre Consiliario; Querido Hermano Mayor,
Hermanos Mayores y representantes de Hermandades.
Junta de Gobierno. Camareras y Cofrades.
Querida familia y amigos.
Señoras y señores:
Es preceptivo empezar por expresar mi agradecimiento a la Junta de Gobierno de mi Hermandad:
Gracias por haber tenido la deferencia de ofrecerme el honor de pronunciar este año la Exaltación a la Santísima Virgen en la imagen de Nuestra Señora de las Angustias de Santa María de la Alhambra Coronada: Gracias de todo corazón.
Fue una gran sorpresa. Quedé sobresaltado y, como no me sentía capaz, traté de eludir el encargo prometiendo a nuestro hermano mayor que me diera tiempo, que me dejara (si acaso) para el próximo año; que trataría de prepararme; pero arguyó que el próximo año, él no estaría de Hermano Mayor; que tenía que ser éste, y que tenía en mí toda su confianza. Gracias, José Luis.
Yo me inquieté, pensando en lo que se me venía encima, pero (según se suele decir en estas ocasiones, para justificarnos) la obediencia…. me hizo aceptar. En el fondo, la verdad es que nuestra vanidad sale a flor de piel y osamos comprometernos a cumplir una misión para la que probablemente, mejor, ¡con toda seguridad!, no seamos la persona idónea.
Vosotros me queréis mucho más de lo que yo pensaba. Me tenéis en demasiada estima y habéis valorado mi creatividad muy por encima de mi capacidad. Conocer que estáis tan ilusionados y seguros de mi discurso aumenta mi agobio, sabedor de que no puedo defraudar la expectación con la que esperáis que el orador haga vibrar con su palabra vuestra alma de fieles y enamorados cofrades, hasta que de ella se desprendan los frutos que vuestro amor a la Santísima Virgen han madurado, y se desparramen en forma de sonrisa, suspiro o, tal vez, en incipiente y emocionada lágrima. ¡Qué más quisiera quien os habla!
Pero ese deseo de doblegar lo que parece imposible para nuestra capacidad, hace que nos superemos, dedicándonos de corazón y por entero, a una tarea que consideramos digna y hermosa, y que nos ennoblece por su finalidad: ¿Habrá algo más noble y honroso que piropear a la Madre de Dios? (Pues así entiendo yo la exaltación a nuestra Madre: ensalzarla, alabarla, piropearla llenos de entusiasmo.)
Por otro lado, según dice San Buenaventura,
“los que se afanan en propagar las glorias de María tienen asegurado el paraíso”. ¿Quién puede negarse a lograr tan alto y sublime destino por tan poco esfuerzo como es darle rienda suelta a nuestros sentimientos?
Y seguro de lo que dice la Santa Iglesia sobre la promesa de María a favor de los que se dedican a hacerla conocer y amar:
“los que me esclarecen, obtendrán la vida eterna”, me atrevo a decir:

¡Salve, Santa María de la Alhambra!
Heme aquí, bajo tu mirada arrulladora y arrolladora
con la dulce misión de alabarte con mi torpe palabra;
a Ti, Virgen bienaventurada, ¡tan grande y sublime!
que no bastarían para ensalzarte las lenguas de todos los hombres,
y que por más alabanzas que se te hagan muchas más quedarán por decir.
Quisiera una lengua que pudiera alabarte por mil,
que se convirtiera en badajo de campana
que pregonara sonora tus glorias y al viento las lanzara.
Te invoco, dulcísima Madre: Intercede por este hijo tuyo para que Dios abra mi boca
y me conceda palabras precisas y preciosas para proclamar tus glorias.

Dios te salve, MADRE DE DIOS, tu título más preciado
y fuente de todos los demás,
como consecuencia de la perfecta unión
de las naturalezas divina y humana en Cristo
desde el momento de la encarnación.
Te invoco desde que mi lengua comenzó a balbucear.
Aprendí a alabarte y exaltarte en la parcela en que fue sembrada
la semilla que cristianizó Granada; en una institución
en la que se proclama tu Inmaculada Concepción
desde siglos antes de que fuese declarada Dogma:
“A MARÍA NO TOCÓ EL PECADO PRIMERO”.
Bajo esa bandera, que proclama a los cuatro vientos tu Pureza,
me enseñaron a cantarte y aclamarte.
¿Te acuerdas, Madre, a tus pies cuantas veces recé la Salve….?
Enarbolando esa máxima como enseña
repetíamos una y mil veces, ¡abrasados en tu amor!,
los más hermosos piropos con que te aclama la Iglesia:

Virgen María, Madre de la Iglesia,
Reina del Universo,
Causa de nuestra alegría,
Madre del Buen Consejo.

Consoladora del afligido,
Salud de los Enfermos,
Refugio de Pecadores,
y del cristiano su Auxilio.

Madre de la Santa Esperanza,
Virgen Madre del Consuelo,
Virgen digna de Alabanza,
¡oh Virgen, Reina del Cielo.

Madre de la Divina Providencia,
Reina de todas las Vírgenes,
Reina de la Familia,
Reina de los que tu fe viven

De la Salvación Fuente,
Madre y Maestra espiritual,
Amparo de los creyentes,
Madre y Reina de la unidad.



Estrella de la mañana,
Torre de Marfil, Casa de Oro,
Estrella del Mar,
Reina de Todos los Santos,
Madre y Reina de la Paz,…..
y te estaría alabando
hasta mi lengua secar.


Dios te salve, Madre del Señor y Madre de todo el pueblo cristiano,
cielo en el que Dios reside, trono en el que el Señor dispensa todas las gracias.
Dios te salve, esperanza del alma mía y salvación segura de los cristianos,
auxilio de los pecadores, defensa de los fieles y salud del mundo,
¡Reina mía Soberana, digna de mi Dios: MARÍA!
Bendita seas por siempre y sea por siempre bendito
el Dios que nos ha dado semejante Madre como refugio seguro
de todos los peligros que nos acechan en este valle de lágrimas.

Antes del tiempo fue engendrado el que era la palabra substancial del Padre,
y antes del tiempo, el Padre te tenía presente.
Existes desde el principio.
Cuando fue creado el universo ya estabas tú en el pensamiento del Creador;
ya formabas parte del Plan Divino.
Tú estás en cada una de las personas de la Santísima Trinidad:
Eres Hija del Padre, Esposa del Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo.
Tú eres la bienaventurada criatura, la única que entre todos los humanos
ha encontrado la gracia que habíamos perdido.
Tu gloria ennoblece a todo el género humano,
como lo expresó maravillosamente Dante:

“Tú eres aquella que ennobleció
tanto a la naturaleza humana,
que su creador no desdeñó
convertirse en hechura tuya”.

Tú aventajas en mucho a todas las criaturas terrestres y celestiales.
Ni antes ni después nadie ha sido semejante a Ti:
eres Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo,
predilecta del Padre y templo del Espíritu Santo.
Tú fuiste redimida del modo más sublime desde tu misma concepción
y elegida por Dios EXCELSA entre los humildes y MADRE DEL SALVADOR.
En ti se cumplieron los hechos de salvación concebidos por Dios Padre
con vistas al misterio de Cristo y de la Iglesia.
Y Dios Padre te lo hizo saber enviándote a su Ángel;
concebiste en tu espíritu antes que en tu seno.

“No temas, María,
porque has encontrado gracia ante Dios;
concebirás en tu vientre
y darás a luz un hijo
y le pondrás por nombre Jesús”.
“¡Aquí está la esclava del Señor!
¡Hágase en mí según tu palabra”

Tú creíste el anuncio de Gabriel;
aceptaste, y con tu SÍ, empezó la REDENCIÓN.
Tu gozo de Madre se une al honor de ser Virgen.
El Padre misericordioso envió a su Hijo desde el cielo a tu seno ¡Virgen Inmaculada!
El Espíritu Santo Dios, con su poder, fecundó tu seno virginal
y llevaste, amorosamente arropado en tus purísimas entrañas,
al que se hizo hombre para salvar a los hombres, al Dios Hijo: Emmanuel.

¡Arca de la Nueva Alianza! que llevando en tu seno al Verbo,
llevas la salvación y el gozo a la casa de Isabel,
madre del que había de preceder a tu Hijo, que movida por el Espíritu Santo,
nos manifiesta tu grandeza, eres saludada como dichosa y
reconocida como Madre del Señor:

“¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!”
“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava”.

La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros llena de gracia y de verdad.
Virgen Madre de Dios, el que no cabe en el universo,
al hacerse hombre se encerró en tu seno y nos diste a tu Hijo Jesucristo,
Sacramento de nuestra salvación.
Y así quiso tu Hijo, el Excelso, nacer humilde para
mostrar su majestad en la misma humildad.
Los pastores, primicias de la Iglesia, iluminados por el resplandor divino y
advertidos por los Ángeles, reconocen y adoran a Cristo Salvador.
Pero también los Magos, primeros retoños de la Iglesia pagana,
entran en la humilde estancia y hallándote, Madre, ¡con tu Niño!,
lo adoran como Dios, lo proclaman como Rey y lo confiesan como Redentor.

¡Virgo Fidelis! Tú, María, fiel cumplidora de la ley, te sometiste al rito de la purificación.
Tú, ¡Virgen Purísima!, ¡la sin pecado concebida!
que en tu seno virginal engendraste castamente al Hijo del eterno Padre,
te sometes a la Ley y presentas en el Templo al autor de la nueva Ley,
al Redentor de todos nosotros, a la gloria del pueblo de Israel,
luz de las naciones y Señor y Salvador del mundo.
Y Simeón te anunció su profecía: que el Niño sería como una discutida bandera,
y que a ti, ¡dulcísima Madre!, una espada de dolor te traspasaría tu corazón.

Y tu corazón, María, de angustia te rebosó; tuvo que huir de los hombres
el que había venido a salvar a los hombres.
Tú salvas ¡al Salvador! arropándolo contra tu pecho
y huyendo a país extraño para librarlo de una matanza segura.

¡Santa María de Nazaret! Que con tu Hijo y José
fuisteis modelo irrepetible de familia.
Tú, amadísima Madre, cuidabas a tu Hijo con ternura sin igual,
mientras Él, bajo vuestra autoridad, iba creciendo y se llenaba de sabiduría.
Eres la primera y más perfecta discípula de tu Hijo.
Tú adelantaste los comienzos de la Iglesia:
recibiste las primicias del Evangelio conservándolas en tu corazón y
meditándolas en tu mente mientras vivías con tu esposo José unidos por
estrechísimo y virginal vínculo de amor; en humilde vida de oración, de silencio,
de trabajo, en la alegría y en el sufrimiento.
El reino de Dios ya se hizo presente en tu familia, en Nazaret.
¡Oh Madre amorosa!, que recibiste en tu corazón el primer aldabonazo de dolor al
no encontrar a tu Hijo y sentiste infinita alegría al hallarlo en el Templo.
Tú guardaste en tu corazón todos los latidos con que tu hijo manifestó
que había venido a cumplir la voluntad del Padre.

¡Oh Madre misericordiosa! Tú abres los caminos insondables de la misericordia de Dios.
Por ti realizó tu Hijo el primero de los signos, manifestó su gloria y se mostró a sí mismo.
Por ti los discípulos creyeron en el Maestro.
Tú nos diste el secreto de la salvación:
”Haced lo que Él os diga”.
Tú nos diste la fórmula y la forma: obedecer; cumplir su palabra.
Tú rogaste a tu Hijo y mandaste a los sirvientes cumplir sus mandatos.
Tú rogaste a tu Hijo y, ¡el mismo Dios!, atendió tu ruego aunque su momento no había llegado:
Las tinajas de agua enrojecieron y los comensales se alegraron, y aquel banquete nupcial
simbolizó el que Cristo ofrece a su Iglesia a diario.
¿Qué te podrá negar el Dios que te escogió por su hija, madre y esposa,
y te ha preferido en amor a todas las criaturas?
¡Oh Abogada y Mediadora nuestra!
¡Si supiéramos pedirte, Madre! ¿Qué no lograrías tú para nosotros ante el Padre?

“¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!”

oyó tu Hijo, desde la muchedumbre, y de orgullo lo llenaría,
pero al instante concretó:

“Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

¡Virgen fiel! Ciertamente, tú cumpliste con toda perfección la voluntad del Padre y
por ello eres ¡más dichosa por ser discípula de Cristo
que por ser Madre de Cristo!
¡Dichosa tú!, que meditando en silencio las palabras del cielo
te has convertido en discípula del Señor.
Con razón eres proclamada bienaventurada:
porque mereciste engendrar a tu Hijo
en tus purísimas entrañas.
Pero con mayor razón eres proclamada aún más dichosa:
porque cumpliste fielmente la palabra encarnada.

¡Virgen Prudentísima! que viviste humilde y escondida y
que pasas inadvertida durante la misión de tu Hijo,
humilde testigo de un Cristo real
que vive durante tantos años
una vida silenciosa y escondida.
Te retiraste para dejar que naciera la nueva familia de Jesús,
la familia de los discípulos,
pero que estuviste, ¡Virgen Madre Dolorosa!
junto a la cruz de tu Hijo,
cooperando generosamente a nuestra redención,
y estuviste intrépida junto al altar de la Cruz.
Los discípulos han huido, ¡tú no!
Tú, ¡Madre Amantísima!
permaneciste fiel junto a la cruz de tu Hijo
para darnos nuevo ejemplo de fortaleza.
Tú eres la Virgen Santa,
resplandeciente como nueva Eva,
que estuviste junto a la cruz del nuevo Adán y así,
como una mujer contribuyó a la muerte,
así también, ¡divina Mujer! contribuiste a la nueva vida.
Las puertas del paraíso que aquella mujer había cerrado,
por ti se abrieron de nuevo.
Tú estuviste firme en la fe,
confortada por la esperanza,
y abrasada por el fuego de la caridad.
Allí permaneciste, sin dudar en exponer tu vida,
y los dolores que no sufriste al dar a luz a tu Hijo,
los padeciste ¡inmensos! al hacernos renacer para Dios.
¡Dichosa tú, Virgen María!, ¡Reina de los Mártires!, que sin morir,
mereciste la corona del martirio junto a la cruz del Señor.

¡Dios te salve! Madre de los creyentes.
Feliz madre de tus hijos
que en ti encontramos siempre refugio.
Tú estabas, María, ¡Reina del Cielo y Señora del Mundo!,
sufriendo junto a la cruz del Señor,
y a ti fuimos encomendados por tu Hijo desde la Cruz.
Tú fuiste confiada como madre a los discípulos
que te recibimos como herencia preciosa del Maestro.
Tú recibiste junto a la Cruz el testamento del divino amor de tu Hijo,
y tomaste como hijos a todos los hombres
nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo.
Tú amas a tu Hijo en tus hijos, y nosotros,
escuchando tus consejos, seguimos las palabras del Evangelio.
Dios te salve, Madre del Rey de Reyes,
y aunque Reina, no actúas para impartir justicia,
no castigas a los malhechores;
eres Reina de Misericordia, atenta únicamente
a la piedad y al perdón de los pecados,
y por ello la Iglesia te honra con el glorioso título de REINA.
¡Salve, Virgen Clementísima!,
que contemplas misericordiosa nuestra miseria.
Por tu intercesión, Señora, son perdonados nuestros pecados.
¡Oh Madre de la Reconciliación!
Tu corazón, ¡Virgen Pura!, que no conoció pecado,
acoge misericordioso a los pecadores y a ti acudimos,
¡Refugio de pecadores!, implorando el perdón divino,
y al contemplar tu espiritual belleza,
¡tu hermosura sin igual!,
olvidamos la fealdad de nuestros pecados
y los ponemos a tus plantas
para que los presentes ante Dios dulcificados.
Tú eres el alivio de nuestras culpas,
permitiéndonos pasar del pecado al perdón,
de la angustia al gozo, de la esclavitud a la liberación,
del odio a la fraternidad.

Reina del Cielo ¡¡Aleluya!!
¡Alégrate, Madre de la Luz! porque tu Hijo, el sol de justicia,
ha vencido las tinieblas e ilumina el mundo.
Con la resurrección de Jesucristo te colmó Dios de alegría
y premió maravillosamente tu fe;
Tú, ¡Primorosa y Sublime Madre!, habías concebido creyendo
y, creyendo, esperaste su resurrección.
Fortalecida por la fe contemplaste anticipado
el día de la Luz y de la Vida en el que,
desvanecida la noche de la muerte,
el mundo entero saltaría de gozo y,
al ver de nuevo a su Señor inmortal,
se alegraría entusiasmada la Iglesia naciente.

¡Salve, Santa María! ¡Madre de la Luz y fuente de vida!
Tú engendraste a Cristo, ¡Luz del Mundo!, permaneciendo virgen,
y te has convertido en modelo de la Madre Iglesia,
que regenera a los pueblos creyentes por el agua virginal del bautismo,
y los unge con el precioso aceite del crisma,
para que el Espíritu Santo descienda con sus dones sobre ellos.

¡Madre dignísima! ¡Dichosa eres, Virgen María!
Santuario de los divinos sacramentos:
Que en tu seno virginal llevaste a Cristo, Sacramento del Padre.
Tú diste a luz el Pan bajado del Cielo para alimento y vida del mundo.

¡Salve, Reina de los Apóstoles! Tú alentaste con amor
los comienzos de aquella primitiva Iglesia.
Fuiste ejemplo de oración y de unidad admirables;
Tú, ¡Madre de Dios!, ¡orando con los Apóstoles!: ¡Iglesia suplicante!
La que esperó en oración la venida de Cristo,
en la espera pentecostal del Espíritu,
invoca al Defensor prometido con ardientes ruegos;

y quien en la encarnación de la Palabra fue cubierta con la sombra del Espíritu,
de nuevo es colmada de gracia por el Don divino,
enriquecida con los dones del Espíritu Santo,
en el nacimiento del nuevo pueblo de Dios.
Pedro y los demás Apóstoles, fortalecidos por la venida del Espíritu,
salieron del Cenáculo llenos de valentía para proclamar a todo el mundo el Evangelio de Cristo.

Tú, con los discípulos, dedicados a la oración en común,
serías testigo de cómo enseñaban los Apóstoles;
con ellos asistirías a la fracción del pan y, con ellos, ¡Virgen Purísima!, celebrarías la Eucaristía.
¡Con que pureza, con que humildad, con que devoción recibirías a Jesús,
Dios y hombre verdadero!; ¡a tu Hijo¡, ¡a tu Señor!, ¡a tu Dios!.

¡Oh Virgen María, Madre Incorrupta!
Tú, Madre íntegra del Hijo de Dios,
no podías corromperte en el sepulcro; por eso, al final de tu vida terrestre,
viviste tu Pascua en tu tránsito de este mundo al Padre,
y fuiste elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.
¡Qué pregón tan glorioso para ti, María!
Fuiste elevada por encima de los Ángeles y con Cristo triunfas para siempre.
Legiones de ángeles te ensalzan sabedores de que tu dignidad sobrepasa hasta el infinito la suya.
Tú eres la ¡Obra Maestra de Dios!
Sólo la humanidad de tu Hijo Jesús y la tuya están corporalmente en el cielo.
Nuestro entendimiento es incapaz de comprender
cómo será la carne gloriosa, ¡imposible imaginar!;
y nos llena de ternura pensar en la Virgen TODA en el cielo, con tu carne,
tu sangre, tus ojos, tu sonrisa, tu mirada de dulce madre, tus manos suaves….
las mismas que sostuvieron a tu Hijo, niño y cadáver.
La tierra ha enviado un don precioso al cielo,
pues al cielo es donde ha subido el fruto sublime de la tierra,
y es del cielo de donde descienden los dones excelentes, los dones perfectos.
Tú eres la primera redimida y antecedes y prefiguras al conjunto de la Iglesia.
Gracias a lo que Dios ha hecho en Ti
tenemos la certeza de que se cumplirá lo que esperamos.
María, Madre nuestra, Reina de los Cielos,
Reina de los Patriarcas, de los Profetas,
de los Mártires y de las Vírgenes,
te ruego que intercedas por nosotros desde el cielo:
no permitas que en nuestros corazones
brote el menor atisbo de xenofobia;
que seamos capaces de ver en todos y cada uno de los inmigrantes
verdaderos hijos de Dios, hermanos de Cristo y hermanos nuestros .
¡Oh Reina de la Sabiduría!, intercede para que:
se llene de luz el entendimiento de los gobernantes
de todas las naciones de la Tierra, para que reconozcan y admitan
que el primer pálpito de existencia en el germen humano,
significa el florecimiento a la vida de una nueva criatura de Dios,
digna de nuestro amor y respeto.
Virgen Santísima, ¡Esperanza de los desesperados y Socorro de los abandonados!
Intercede ante tu Hijo por todas las criaturas que padecen hambre o enfermedad,
por los emigrantes, los desterrados y los oprimidos,
por los privados de libertad y por los que no tienen trabajo,
por todos los que sufren,
para que sientan el auxilio y el consuelo de Dios.

Te ruego que intercedas por nuestra nación, por España:
mantenla unida y derrama y aviva en ella la fe en tu Hijo
para que se acreciente tu Iglesia en beneficio de la humanidad.

Intercede por todos los aquí presentes:
para que seamos capaces de vivir
en constante actitud de servicio a nuestros hermanos y vivamos la caridad,
mientras esperamos la llegada del día
que podamos gozar de tu presencia junto a la de tu Hijo,
que con el Padre y el Espíritu Santo, viven y reinan por toda la eternidad.
Que así sea.
He dicho.


Julio Carlos de la Rosa Quirós.
Granada, Marzo de 2009.



CASA DE HERMANDAD: Placeta San Gil, nº 10-1º A. 18010 GRANADA | secretaria@cofradiaalhambra.es

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