COFRADIA SANTA MARIA DE LA ALHAMBRA


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EXALTACION XX

EXALTACIONES

XX EXALTACIÓN
A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS
DE LA ALHAMBRA CORONADA


"IN MEMORIAM" de Dña. Mercedes Domenech, porque su recuerdo jamás faltará a la cita allá donde una voz se alce tras un micrófono en esta ciudad.

Anoche tuve un sueño. Fue quizás el fruto fugaz de un instante etéreo e intangible, casi imposible de cuantificar por inaprensible, un espejismo en noche de luna nueva. Anoche tuve un sueño.

Soñé, que ya es soñar, que era el mes de Mayo.
Soñé que era Sábado, que el calor me había sofocado más de lo que debiera para esa época del año.

Soñé que, acalorado, me quitaba el jersey y descubría por primera vez en el transcurso del calendario la palidez de mis brazos, bajo una camisa de manga corta recién rescatada del fondo del armario, a la que aún se aferraban aromas a lavanda debido a la inmediatez urgente del que busca porque necesita imperiosamente su ropa de verano en una explosión de calor apenas esbozada en el discurrir de aquel mes de Mayo.

Soñé que subía jadeante la Cuesta de Gomérez y que buscaba el oasis verde y fresco de la Iglesia de la Alhambra en un momento sacado de algún almanaque extraño. Que sueño más incongruente e ilógico, porque era Mayo, no Abril ni Marzo.

Soñé que un gentío expectante se agolpaba buscando la sombra entre la arboleda de su nazarita barrio, y que una bandada de jilgueros por Dios había sido contratada para embelesar la espera con su canto,mientras el horizonte desplegaba a todo color la ciudad con más encanto.

Soñé que se producía un indescifrable milagro, que se abrían jubilosas dos puertas de una Iglesia proclamando un inexplicable bando:

"Que escuchen los sordos, que vean los ciegos, que corran los cojos, que se froten las manos los mancos, que se atonten los sabios, que se tiren por los balcones de envidia los que imposibles crearon, que se pare el correr del mundo y todo el mundo haga lo que está mandado, que la Virgen de la Alhambra va a invadir hoy descaradamente las calles a partir de este momento, aunque sea Mayo."

Soñé que salían tramos de hermanos a la calle tras su cruz de guía, aunque sin túnicas nazarenas, y todo aquello resultaba cada vez más extraño, y más cuando un cortejo de innumerables acólitos ceriferarios y turiferarios se desplegaba bajo el cielo azul alhambreño intenso en pleno mes de Mayo.

Soñé en idioma casi surrealista que la esquina de un patio de los leones de plata asomaba por unas fauces abiertas, pórtico de la gloria sin palio, y comprendí que, más que un sueño, estaba viviendo un momento mágico, mientras la naturaleza no sabía que más ofrecer en su primaveral esplendor, que sirviera como ofrenda y salmo a tanto como regalaba la Hermandad en aquel confuso Mayo, como si fuese Abril o Marzo.

Y soñé ver de pronto a una bella sultana, reina del jardín más poéticamente evocado, apareciendo sobre nuestras cabezas a lomos de un plateado ser alado, resplandeciente, más joven, con la nada coronando su cabeza, y mirando hacia abajo por evitar que la deslumbrara el sol prodigioso y espléndido propio casi del verano.

Soñé que llevaba, como si fuera Sábado Santo, a su Hijo en su regazo. Y que amorosamente intentaba sujetar, como nadie jamás soñó posible, su yerta mano.
Soñé que emergía de las profundidades de un mar verde boscoso tan bella que podría uno desmayarse con mirarla solo un rato. Y que salía a las calles mientras los libros de historia ya estaban vociferando.

Soñé que bajaba a Granada por un camino diferente al del Sábado Santo, nuevo para mí y mágico, pero no podía ser de otra forma, siendo como era Mayo, no Abril ni Marzo.

Y soñé, que bello momento de la tarde fue aquél, que a San Cecilio llegaba con el esplendor de un naranjo de azahar cuajado. Soñé que llovían borrascas de pétalos a sus pies que dejaron el suelo olorosamente alfombrado,y que a la puerta se asomaba la Virgen de la Misericordia, quizás tomando nota, ya que su Coronación Canónica viene Ella desde hace tiempo proyectando.

Soñé que, más abajo, saludaba al Señor de los Favores, cuando tímidamente se asomaba por el costado derecho de su paso, y que, tanta belleza a la vez se confabulaba en el verdor intenso del Campo del Príncipe, que no podía soportarlo, al ver que un Cristo de piedra hacía reverencias ante el culmen de la belleza intimista y sosegada objetivizada en cara alhambreña, cuando a su Madre estaba saludando.

Y pude ver en el semblante del Señor de Granada que aquel día estaba alegre, resucitado, pleno, orgulloso, se me antojaba que de alegría casi estaba desclavado.

Soñé que tomaba el rumbo de Santo Domingo mientras que el pueblo cada vez se apretaba más para estar a su lado. Y que la luna llena empujaba hasta lograr asomarse a su palco de estrellas por no perderse instante tan esperado.

Soñé que a la Carrera de la Virgen llegaba para hacernos descubrir la redundancia de un inexplicable milagro: Angustias con Angustias más angustias nos quitaron.

Soñé que por Marqués de Gerona a la Catedral había llegado. Y que entraba gloriosa y radiante, reinando sin corona ni cetro, con el pueblo arrebujado por no apartarse de Ella ni de su Hijo, el que también reposa en su regazo en Mayo, como en Abril o Marzo.

Soñé que allí estuvo unos días y que supo convertirse en el interior del metropolitano templo en un ser alado, encaramada como estaba a un altar cuajado de flores, sembrado de jarras y cientos de candelabros.

Soñé que, sin más, nació una Corona en su cabeza como jamás habíamos imaginado, obra cumbre de un hijo de un tal Moreno Grados. Y que la lluvia se sentía incapaz de enturbiar el momento paradisíaco que la tarde y el destino nos tenían encomendado.
Soñé que el sol cayendo quiso asomarse para verla salir gloriosa y reina coronada desde todos lados. Y soñé que pensar pensaba en volver hasta su marrón y verde barrio.

Soñé que la ciudad se cuajaba de júbilo por ver su rostro alborozado, y es que hasta Ella se sonrojaba un poco al descubrirse Reina con corona y poder disfrutar de ese momento con su Hijo coronado.

Soñé que nos embelesamos cuando subimos con Ella caminando hacia atrás, enamorados, confundiéndonos en una "bulla" que perdonó nuestros pecados.

Soñé que estaba Coronada y que ya era real un sueño tan soñado. Soñé que cruzaba el Arco de la Justicia como si fuera Sábado Santo y que se recogía una vez más, pero distinta, porque esta vez se había obrado el milagro.

Soñé que, desde el cielo engalanado de nube a nube por los cuatro costados, todos sus hijos que ya no estaban habían celebrado que sus descendientes hubiesen llegado a escribir un capítulo tan insospechado.

Y fue fiesta mayor en el cielo, y todos sus hermanos que ya no están desde su palco de algodón blanco de nube con forma de carrera oficial brindaron celebrando que la Virgen de la Alhambra hasta en sueños a los mortales nos tiene conquistados.Y no pasamos un instante de nuestras vidas sin, ante la evocación de su presencia, quedarnos extasiados, obnubilados, enamorados, entregados.

Anoche tuve un sueño, y esta mañana he descubierto que era real lo soñado.Y doy gracias a Dios de que se obrara prodigio tan merecido como trabajado.

Director Espiritual, Hermano Mayor, miembros de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Granada y de la Junta de Gobierno de la Hermandad de Santa María de las Angustias de la Alhambra Coronada, hermanos de Sábado Santo, enamorados de la Reina Coronada, cofrades, amigos, familia.

Ante todo, NO A LA GUERRA. Con mayúsculas inmensas, rotundas, claras y altas, como la puerta de este templo. El pueblo y la Iglesia y, por tanto, las Hermandades, que son sabia mezcla de ambas cosas, proclaman: No a la guerra.

Mil gracias a Antonio Olivares por su presentación, persona con la que me llena de orgullo coincidir, además de en el terreno de la amistad, al menos en otros tres campos fundamentales: profesión en el ejercicio de la abogacía, vocación en el mundo de la radio y devoción por la Semana Santa.

Compartir estrado con nombres de la altura de Mercedes Domenech, José Luis de Vicente, José Luis Ramírez, Jorge Martínez, Juan Bustos, Enrique Iniesta, Jorge de la Chica, Tito Ortiz, Ángel Luis Sabador o Sebastián Pérez produce vértigo. Gracias por vuestra confianza. Este humilde exaltador no estará a la altura de sus ilustres predecesores, pero al menos saldrá de este templo habiéndolo intentado.

Os hago una propuesta. Olvidaos por un momento que estamos en la víspera del Domingo de Pasión y pensad que por la línea del horizonte despunta el alba del Sábado Santo del pasado año. Cerrad los ojos e imaginad.

Apenas se despereza aún somnoliento el sol de un nuevo amanecer. El astro rey vuelve a asomarse al mirador del mundo.

Asoma tímidamente su cabeza calórica y lumínica sobre el balcón verde de la Cuesta de Gomérez. Se esfuerza en resucitar la vida y el sonido, en apagar oscuridades nocturnas, en acallar pasiones, en iluminar umbrías, en secar la escarcha incansablemente depositada por la trabajadora noche sobre la tierra de los jardines, en tocar diana a los pájaros, en despejar la bruma que intenta aferrarse con sus inaprensibles manos a ramas y hojas centenarias, en despedir como se merece a la mayor explosión de belleza natural jamás conocida: La luna llena.

El sol se esfuerza en acompasar el rumor que el viento de la mañana interpreta en las hojas caídas, en lucir destellos sobre el agua que fluye discretamente a golpes de rumor Cuesta de Gomérez abajo.

El sol se esfuerza en abrir la puerta del Arco de las Granadas para que se retiren a sus aposentos espíritus y entes del bosque que habitan los territorios de la noche alhambreña, y sean los granadinos del presente los que recojan el testigo de la vida en torno al bosque nazarita.

Pero el sol, ya cansado por las incisiones que la edad va marcando en su milenario cuerpo, requiere de ayuda para tan compleja tarea de despertar a la vida a la ciudad dormida.

Por eso el sol decide acudir a la primavera, para que sea ella, siempre joven, lozana, despierta, plácida, locuaz, alegre, feliz consigo misma al mirarse en el espejo de los riachuelos corrientes por los bosques de la mejor de las colinas, quien le apoye en la primigenia tarea matutina de vencer a la madrugada.

Y la primavera no le falla. Acude a la cita engalanada como si de una boda se tratara, con sus mejores ropajes de flores explotando en dos mil colores, con sus zapatos de verdores estrenados, con sus joyas de rocío amanecido, con su bolso de piel de adolescencias a estrenar, con su sombrero de corazones alterándose por tan antigua cita con los sentires que nos trae llegando el mes de Marzo.

Cortés y educada, la primavera saluda al sol brevemente y ambos despiertan definitivamente la mañana.

En sus casas, los hermanos de la Alhambra van reincorporándose a la vida lentamente. Se van vaciando las camas mientras que se entrecruzan vivencias acumuladas desde el Domingo de Ramos entremezclándose con tostadas, cafés con leche y roscos que sobraron de la vigilia del Viernes Santo.

Tras la algarabía de duchas veloces, se visten con lo mejor que encuentran en el armario, y salen dando un apresurado portazo.

Cuentan los minutos que tardan en coronar el alto de la colina, se hace más empinada que nunca la Cuesta de Gomérez, y más larga, hasta que logran calmar su impaciencia ante las plácidas aguas de un remanso de paz vestido de puerta abierta de par en par.

Al entrar, la gloria está cerca. Se desparrama por el altar de insignias desplegado por la iglesia. La gloria se hace olor ante el incensario. Se hace terciopelo en los paños de bocinas. Se hace hilo de plata en el Simpecado. Se hace filigrana de orfebrería en los ciriales. Se hace meandros de río en la Cruz de Guía. Se hace cera en los cirios de los nazarenos, aún en sus cajas. Se hace tela en la faja costalera que se quedó descuidada en un banco. Se hace entrecalle de palio imposible, que quisiera ser pero no puede, ante quien enamora y sabe porque puede dejarse querer cual presumida señora, propietaria de la pena alegrada y la alegría llorada.

Allí reside la reina mora, recibiendo a su gente, despachando con sus hijos alhambreños desde su celestial trono de nube nacarada, a la vez altivo y cercano, desde donde resuelve problemas mundanos la que habita entre árboles centenarios y bosques de leyenda.

En su paso aún arriado. Sobre su campana aún silente. Sobre argénteas cabezas de leones aún sin rugir. Sobre arabescos orfebres aún sin iluminar por el sol. Sobre un calvario de flores aún sin marchitar por Pascua de Resurrección. Delante de una cruz bien plantada aún sin mecer. Acariciada por sudario de sueños tejidos aún quieto. Sosteniendo a su Hijo en su regazo aún muerto. Mirándolo con el aplomo de quien sabe que lo está por poco tiempo.

Y el hermano se santigua ante la receptora de fervores y piropos, luciendo sus mejores galas, joya presumida del palacio nazarita más cristiano, vistiendo de arabescos sonrisas y corazones, sentimientos y pasiones, por su rostro, por su gesto, por su mano, por el Hijo de su regazo.

El hermano la mira una y mil veces, como queriendo prenderla con la mirada, como queriendo acariciar sus mejillas, como queriendo acompañarla en tan doloroso momento, queriendo integrarse si pudiera en piedad tan preciosamente profunda. La mira reteniendo para siempre ese instante personal y único, que deberá esperar un año entero para repetirse.

Nos saludaremos todos, con la efusividad nerviosa de la vigilia. Nos abrazaremos y nos desearemos una buena Estación de Penitencia. Nos miraremos a los ojos con la sinceridad de las vísperas. Y, por un instante, en silencio desearemos que el espíritu de todos los cofrades sea siempre el que vivimos en este momento, y que nunca se enturbie en la adversidad.

Volveremos a casa, con las prisas del que se le hace tarde. Comeremos cualquier cosa, en cualquier postura, de cualquier manera, como no consentimos hacerlo otro día, pero es que hoy tenemos una enloquecedora cita en lo más alto de la ciudad.

Y llegará el momento más íntimo, el más importante. Nos desprenderemos de nuestras prendas humanas y nos introduciremos dentro de la túnica nazarena, tan personal, tan única, tan insustituible, tan clásica, espero que tan eterna, de la Hermandad alhambreña.

Haremos desaparecer nuestro cuerpo voluntariamente engullido por la túnica nazarena. Ensartaremos el antifaz en el capirote y lo dejaremos sobre la silla, a la espera del momento exacto en el que intervenga. Calzaremos los mágicos zapatos de caminar por la gloria eterna y estaremos listos. Ya sólo nos falta completar el ritual de la capa.

La capa. Benditas sean todas las capas de las túnicas nazarenas, alegrando corazones con su revuelo, proclamando barrios allá por donde vayan, contagiando algarabías alrededor de fervores. Benditas sean todas las capas de túnicas nazarenas, estandartes a todo color de barrios que se sienten porque son cofrades, tanto o más que de negro.

Abriremos la puerta y nos encontraremos por el pasillo a nuestro hermano más joven, presuroso con la faja ya en la mano, con la sudadera dispuesta, con el alma costalera aferrada a su brazo.

Al fin ya estamos listos todos, abriendo con todo lujo de detalles el escaparate de nuestro pecho en el que se expone la más preciada de nuestras joyas, la medalla de la Hermandad de la Alhambra.

Qué grado de perfección en su dedicación logran alcanzar esas mujeres que vinieron al mundo para traernos al mundo, que hasta el lenguaje se queda corto al llamarlas simplemente madres, y que guapa aparece la nuestra por el pasillo cobijada bajo un cielo negro estrellado en forma de mantilla.

Antes de abrir definitivamente la puerta de casa, los nazarenos se hacen anónimos bajo el antifaz de la túnica. Todos callan, por Reglas y porque no sabrían qué decir en ese momento.

Un revuelo de capas al viento y mantillas ondeando por la escalera. El siempre difícil camino hacia las gloriosas alturas que coronan, nunca mejor dicho, la ciudad. Allí, los nervios a flor de piel colapsan a llamaradas la tranquilidad y la templanza. Buscamos nuestro tramo de nazarenos.


Que se abran las puertas. Que se muestre altiva la Cruz de Guía de la Alhambra. "Con los santos a la calle" como proclama como nadie, encendido, el padre Iniesta, parece que lo estuviera viendo ahora mismo, rojo por la emoción y la convicción, proclamando hasta enmudecer por la afonía: "Con los santos a la calle".

Al abrirse la puerta, se cuela el primero, como si estuviese esperando desde hace horas para poder entrar, un rayo de sol que nos da directamente en la cara, partido en dos por los agujeros del antifaz.

Que se despliegue la legión adamascada, que se inunde Granada de la marea de damasco y crema, que se expanda por el aire el aroma de los cirios encendidos. Ya nos toca, nuestro tramo sale a la calle. Iniciamos el camino en el que más guapos estamos, bajo la túnica y el antifaz del nazareno.

Y recordamos unos instantes después de nuevo al padre Iniesta, "Con los santos a la calle", cuando oímos la primera marcha de la banda y cerramos los ojos imaginando con la fe del que no ve la estampa de nuestra Virgen ya sin techo sobre su bendita cabeza, en mitad de la calle.

Radiante, triunfante, joya infinita, señal en el camino, aurora boreal de sentimientos, corona real a fuerza de ser soñada, "chicotá" sin consuelo, cultura que se palpa, carmen inigualable, pena del que no está y orgullo del que la muestra, sale la Virgen de la Alhambra a la calle.

Ahora la siento debajo de mi túnica nazarena revirar a la izquierda para iniciar su camino, la banda toca marcha de barrio para que las capas vuelen al viento con alegría palpable.

Abre puertas de la Justicia, cristianiza templos árabes, llena de luz los semblantes.

Baja Cuestas de Gomérez prendiendo las miradas de los viajantes en choque de culturas semejante.

Mira con dulzura de madre en Plaza Nueva al sufrido inmigrante y le calma los dolores del que está lejos, al menos por un instante.

Un mar entero de amantes en tensa espera para verla por Reyes Católicos y, en primavera, volver a enamorarse.

Es una ciudad de fiesta, más llena que los demás días, expectante, engalanada y brillante.

Una ciudad entera construida exclusivamente para cruzar miradas entregadas a su corona reinante.

Se gritan los deseos, se desbordan las pasiones, se hace posible por un día que lo que se sienta no se calle.

La calle Navas se estrecha para que los balcones contemplen desde más cerca su semblante. Y vuelvo a recordar la lección magistral enseñada por el padre Iniesta: "Con los Santos a la calle".

La Tribuna Oficial está más llena y más bella que nunca cuando llega a la Plaza del Carmen.

Cuando revira hacia Mesones la ciudad entera ya ocupa las aceras, la calzada, el espacio que no hay, mirando embelesados hasta el último de sus detalles.

Marqués de Gerona es una fiesta, es una masa que empuja por acercarse.

Nadie entra como Ella entra a las Pasiegas, soberana señora reinante.

Conquista la Puerta de la Catedral y coloniza sus naves, cumpliendo lo previsto en las Reglas y haciendo Estación de Penitencia de la única forma en la que debe ser, lo decida o lo mande quien lo mande.

Y, el pasado año, como queriendo romper rutinas a golpes de corazones y "chicotás" desbordantes, regresa sobre sus pasos y vuelve a las Pasiegas como queriendo que el tiempo no pase.

Se recoge con fervor de barrio en pleno centro entre vítores, cantares y salves.

Y, en el último momento, se retiene en el cancel del Sagrario un instante, despidiendo al Sábado Santo con su belleza exultante.

Y, en el preciso momento en el que dejaste sola a la calle,
y culminaste el trueque del bullicio por la quietud del templo silente y ya no pudimos gozar de tu presencia divina al aire:

Quisieron morir las olas en la costa y las ballenas varadas y quietas, por no alterar la pena de tener muerto a tu Hijo en tu regazo.
Quiso morir el día en el horizonte por no alterar el sueño de tu Hijo en tu regazo.
Quiso morir cayendo, lo más silente que pudo, el árbol ya talado, por no alterar la quietud de tu Hijo en tu regazo.
Quiso morir el tiempo en las agujas quietas de un reloj parado, por no alterar el desvanecimiento momentáneo de tu Hijo en tu regazo.
Quiso morir el aire contra Tu semblante perfecto, cuidadosamente estrellado, por no alterar el gesto de recoger con tanto amor como recoges la mano de tu Hijo en tu regazo.
Quisieron las aguas morir convertidas en lágrimas en tu rostro arrebujado, y quiso el fuego morir calentando el frío yerto de tu Hijo en tu regazo.

Quién pudiera, Virgen de la Alhambra, calmar tu pena al ver a tu Hijo en tu regazo. Si yo pudiera, te cantaría hasta enmudecer para alegrarte la espera que nos lleva hasta su resurrección segura.

Pero no me obligues a saltarnos este trance, previo y necesario prólogo antes de que el mayor de los milagros sea una verdad constatable, porque, como dijo como nadie el padre Iniesta, y desde entonces deberíamos repetir en retahíla constante: "Con los santos a la calle".


El exaltador ya está acabando, y es ahora el momento en el que se atreve a mostraros su solidaridad con todos los que estáis viviendo fuera de vuestra tierra, sufriendo cualquier forma de exilio.

Yo sé, porque os he visto, lo que es hacer un esfuerzo inhumano para que las lágrimas no se desmadren cuando el agua de la lluvia rueda descontroladamente Cuesta de Gomérez abajo.

Yo sé lo que es apretar los puños con fuerza, disimulando con ponderada educación el reino de la frustración desplegado, cuando la humedad se ha hecho gota de agua y no os ha ayudado.

Yo sé lo que es sentir una punzada en el corazón, un malestar en el pecho, un esfuerzo muscular en la mandíbula, un pellizco en el estómago, un sentirse casi derrotado ante un horizonte nublado.

Yo sé lo que supone que se venga el mundo encima en un instante, que se haga difícil respirar, que haya que tragarse las lágrimas saladas y ácidas, cuando desaparece de nuestra mirada el horizonte antes preciso y todo en la vida se ha cubierto de nubes negras.

Yo sé que el templo alhambreño ha sido epicentro de borrascas sin nubes, de manos que se aferran a otras manos por encontrar compañías que consuelen, de abrazos de fe desesperada, de pañuelos enjugando incomprensión por cada esquina de tela, de capirotes abandonados en un rincón ajenos a la ajeneidad de su existencia, de ciriales en triste reposo, cuando el amargo imperio de la lluvia nos invade.

Yo sé que ha habido miradas desamparadas, propias de una infancia bruscamente recobrada a golpe de chubasco disperso, manos en la cabeza, suspiros hacia dentro, insignias depositadas otra vez en el suelo, cirios que se quedaron nuevos, rosarios sin estrenar guardados sin remedio, llantos que abarcan un día completo, hipos del desconsuelo, tristezas desencajadas y ojeras de desencuentro, cuando el cielo se ha disfrazado de rojo intenso.

Yo sé que hasta se ha vestido de luto el blanco sudario, el oro de su corona, los claveles del calvario. Que las lágrimas han querido refrescar los gladiolos inéditos por no llegar a pisar las calles vestidos de nuevo, fajas costaleras que se quitan nada más ponerse sin haberse sudado por no haber más remedio, pañuelos de encaje que acaban secando rostros.

Sé que todo eso es duro, porque os he visto y porque es igual de triste para todo el que comparte tan bello sueño, sé que duele, y que deja cicatrices.

Precisamente por eso, si habéis demostrado que podéis con todo ello, podréis superar con creces el dolor del exilio impuesto. Pensad que sois como inmigrantes descubriendo ante sus ojos un mundo nuevo: y eso que vosotros gozáis de la bienvenida calurosa de un Sagrario en el centro, manos abiertas de generosidad y ofrecimiento.


Haced de esta tierra extraña vuestra casa y vuestro sueño, y seguid escribiendo con sabiduría un nuevo capítulo de la historia de una Hermandad de la Alhambra que habitó durante un tiempo en el centro.

Disfrutad en lugar de padecerlo, y haced justicia en una plaza del centro como la habéis venido haciendo en la justa Puerta del mejor de los monumentos.

Imaginad que un riachuelo corre por una calle del centro. Que son los bosques de la Alhambra cualquier edificio moderno. Que el olor de los geranios en flor de los balcones es la explosión natural que rodea vuestro templo. Que la devoción por la Alhambra es la misma, sea nazarita o de centro. Que hasta un habitante árabe bajó a verla en Pavaneras, a la entrada del Realejo. Que son también aves del cielo las que acompañan con su canto al nazareno alhambreño, sean de bosque o de centro.

Gozad y alegraos del viaje por un mundo nuevo, y atesorad la sabiduría del viajante por el tiempo, la experiencia del que sale de la casa de su padre para descubrir todo lo que del mundo está lleno.

Que siendo de Nazareth, nació en Belén, viajando cuando difícil era hacerlo: vistiendo la túnica nazarena de la Alhambra, del Sagrario sabréis salir con la cabeza aún más alta.



Yo proclamo a todos los vientos que sois auténticamente bienaventurados:

Bienaventurados los que te sienten mujer sagrada y bendita,
los que se empeñan en sumergirse en tu "bulla",
los que empujan por tocar tu paso nazarita,
los que no faltaron cuando fuiste Coronada a la cita.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que se embriagan con el incienso de tus acólitos,
los que entran en éxtasis ante tu paso por los rincones recónditos,
los que te rezan cada noche al acostarse y te encomiendan sus penas esperanzados,
los que silban por la calle una marcha pensando en tu magistral "mecía" que nos deja los ojos enamorados.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que suplican por cada esquina que llegue ya el Sábado Santo,
los genios que imaginaron tu sudario y las manos que lo crearon,
los que pinchan el clavel de tu calvario,
los que hacen cola por besar tu mano.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que enmudecen el Sábado Santo a tu paso,
los que frotan la plata de tus enseres que nos tiene cautivados,
los que te arropan para protegerte del frío de gloria en tu regreso,
los que te ponen sobre el cabecero de su cama para que veles sus sueños.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados todos los que han puesto un granito de arena para culminar tu devoción y tu presencia,
los limpios de bolsillo que colaboraron para alcanzar la cima de tu patrimonio,
los que necesitaron y recibieron la solidaridad de tu Hermandad.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que eclipsan su mirada unos instantes al pasar por el Sagrario en el bullir del día a día,
las familias que han nacido, crecido y se han multiplicado en torno a Ti,
los que esperan con ansiedad cada primavera para solearte,
bienaventurado sea el sol que ilumina tu presencia o la lluvia que nos enseña la lección de tu ausencia.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados tus costaleros que te mecen a veces palio, a veces misterio, siempre la mejor de las mujeres,
tus priostes que fraguan la gloria entre metales nobles,
tus Hermanos Mayores, Tenientes de Hermanos Mayores, Mayordomos, Priostes, Diputados Mayores de Gobierno, Secretarios, todos los que formaron parte de todas las Juntas de Gobierno de tu Hermandad creando el oasis del cofrade que hoy eres.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los pobres de corazón que sobrellevan como pueden la locura de amor que Tú les inyectas,
los que no paran de piropearte y alabarte, y llorarte, y soñarte,
los que confiaron en que amainase el temporal aquel domingo de tu salida coronada triunfal,
en la que ganaron la batalla los que se empeñaron en coronarte con su fe, su devoción, su entrega y su sabiduría.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que se sienten tus hijos y quisieran que Tú también sostuvieses su mano como sostienes la de tu Hijo,
los músicos que interpretan marchas tras tu paso sabiendo que eso si que es tocar en la gloria,
los que esperan para ver a Dios y a su Madre pacientes en la acera.
Porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurado sea Boabdil, que hubiera podido llorar como mujer viendo desplegarse a las legiones nazarenas adamascadas contra las que nada hubiera podido hacer como hombre.
Y bienaventurados los que griten por las calles: "Se ha hecho justicia al hacerte Coronada".
Porque para ellos será la gloria
y tendrán palco de privilegio en la parcela del cielo
que está destinada a Granada.


Permitid a este exaltador terminar desatando como pueda la tempestad alhambreña que me ha inundado de sueños cumplidos, de deseos esperanzados, de sentidos absortos y de primaveras nazarenas de Sábado Santo:

Soñó Granada un buen día
con un deseo inalcanzable,
una esperanza que no fuese baldía
sino realidad palpable.

Una ilusión a la ciudad corroía
en su ser inalterable,
se hizo realidad lo soñado noche y día
y superamos la prueba insuperable.

Soñó Granada un buen día
con un anhelo inalcanzable
que se coronara ese día
a la mayor belleza pensable.

Con una corona de oro
debía coronarse a la Alhambra
para que el verde y el rojo
de colores nuestro sueño llenara.

Debía rematarse con joya cristiana
el sin par templo nazarita
para que nadie dudara mañana
que es Ella la misma gloria bendita.

Con una corona de oro
llenamos todos la calle,
mostrando orgullosos el tesoro
que es tener tan bella Madre.

De brillantes cubrimos su cabeza
esperando que el temporal amainase
y jamás vimos tamaña alteza
cuando las nubes fueron expulsadas por el aire.

Con una corona de oro
prendimos todas las calles,
llenamos la catedral de coros
y detuvimos el tiempo un instante.

Supimos plantar la gloria
en los bosques de la Alhambra
y grabar en su memoria
que ella ya está Coronada.

No se qué eres más,
si reina del cielo o de la Alhambra,
cuando te reencuentras en Sábado triunfal
con la ciudad de Granada.

Cuando ni la brisa de la tarde
es capaz de secar tus lágrimas.
Cuando llenas de belleza los ojos que arden
y de esperanza y fe las almas.

Cuando colonizas la joya árabe
con tu belleza cristiana.
Cuando recoges a tu Hijo con gesto suave
en su muerte tan temprana.

No se qué eres más,
si reina del cielo o de la Alhambra,
cuando nos cautivas asomada
entre torres almenadas.

Cuando hasta el Arco de la Justicia
traspasas con tu sola mirada.
Cuando conquistas corazones cuajados de gloria
y llenas Tú sola la madrugada.

Cuando perfumas con las flores que en tu calvario tienes
la escarcha boscosa de la Alhambra.
Cuando en un suspiro vas y vuelves
y en seguida nos atrapas.

No se qué eres más,
si reina del cielo o de la Alhambra,
cuando muero entre mil dulzuras
que desprende tu mirada baja.

Cuando muestras momentáneamente muerto
al hijo de tus entrañas.
Cuando no pudo resistirse el pueblo
a llamarte Coronada.

No se qué eres más,
si reina del cielo o de la Alhambra,
cuando te queremos un poco más
cada vez que te miramos la cara.

Cuando paladeamos tu rostro
y olemos en tus manos todas las fragancias.
Cuando nos provocas con tu divino soplo
una sonrisa en el alma.

Cuando descubrimos que, en el mar de la vida,
Tú eres nave capitana.
Cuando nos enamoraste con tu bendita misiva
de sostener la mano de tu Hijo con altivez de sultana.

Te suplico que me dejes ser
de tus leones su cabeza
para lograr estar siempre
debajo de tu realeza.

Te suplico que me dejes ser,
en tu paso, farol cuajado de arabescos
para andar cuando Tú andes
y parar cuando pidas un receso.

Te suplico que me dejes ser
cruz en la trasera de tu paso
por no dejar de ver ni un instante
ni tu espalda, ni a tu Hijo en tu regazo.

Te suplico que me dejes ser
clavel en primavera
para de tu calvario convertirme
en su flor más certera.

Te suplico que me dejes ser
un mar de oídos
para no perderme un detalle
cuando ante Ti todo pierde su sonido.

Te suplico que me dejes ser
un mar de bocas
que no se cansen de proclamar a la vez
la importancia de tu corona.

Te suplico que me dejes ser
un mar de olfatos
que me permitan constatar que así debe ser
el aroma del perdón de los pecados.

Te suplico que me dejes ser
un mar de soles
que iluminen el momento en el que se desborden
las mareas de ilusiones.

Te suplico que me dejes ser
un mar de voces
que no se cansen jamás de proclamar
que eres Reina como nadie,
que eres Madre como siempre,
que eres, del jardín del Edén, la diosa reina de Enero a Diciembre,
que eres cimiento en la ciudad y en el campo simiente,
que eres sueño que trastorna el cuerpo y la mente.

Virgen de la Alhambra, no dejes de protegernos,
Tú que eres surtidor de deseos y anhelos,
que eres borrasca de esperanzas, nieves y vientos,
que eres sueño que quisiera ser eterno,
que eres estrella polar en los cielos.

Tú, que eres Reina mora en la Alhambra,
Reina judía en el Realejo
y Reina cristiana en el centro.

Que eres buque que luce proa de estrellas,
que muestra popa de plata,
que tiene estribor de corona
y que presume de babor de sultana.


He dicho.




Sergio Berbel Leyva.
5 de Abril de 2.003.

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