COFRADIA SANTA MARIA DE LA ALHAMBRA


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EXALTACION XII

EXALTACIONES

"XII" EXALTACION POETICA A NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS DE SANTA MARIA DE LA ALHAMBRA

Como en la señal del cristiano, la primera cruz ha de hacerse en la frente. Y la frente de Granada es su própio nombre.



Parece como si todos los nombres de la tierra hubieran cedido el paso al de Granada, en una cortesía de "pasa tú primero". Porque el nombre de Granada es dulce como el fruto que la denomina. Y suena ese nombre a golosa música, a Alhambra, a cármenes albaicineros que son un oásis verde entre la cal de las casas.



Todo Granada es como el poema de Jorge Guillén: "Prodígio, virtud, de lo blanco en el aire".

Granada es puro nombre en el mundo, palabra simpar, irrepetible. Se explica que Boabdil llorara por ella. Se dice Granada y se aprieta el nombre en los lábios como la carne otoñal de un nardo. Y en el aroma se pone a soñar el mundo.


Permitidme, así, que la primera cruz de ésta Exaltación a María sea hecha en el nombre de Granada, porque la ciudad nos envuelve y es ella la que condiciona nuestros sentimientos y vivencias.



A gloria sabe, a mástil de la brisa,
la gracia de tu nombre y tu sonido,
¡Granada!, y lo deja todo estremecido,
igual que al trigo el aire que lo pisa.
A blancura habitada, a sal de misa,
a reyerta de aromas, a latido,
¡Granada!, y lo deja todo conmovido,
igual que al labio el beso y la sonrisa.
A nardo de agua, - ¡olor de los olores! -,
a cármen en Primavera, a Alhambra dorada,
sabe tu nombre y por si sólo brilla.
Gracia del cielo, paraíso de flores,
te dice el mundo, mientras va cantando
¡mi rosa de los vientos es Granada!.



Pero, ¿qué ciudad es la que vive bajo este nombre?. Pues una tierra con regustos orientales, enmarca entre murallas y con un sonido de campanas únicas, coronando por el sonido de los sonidos, el de la campana de la Vela, esa que suena y suena cuando ella, bajo el nombre de Angustias de María, a la calle sale.


Una campana que hay que oir en el azul vespertino del monte de la Assbica en la tarde del Sábado Santo, o en el fondo del río Darro..., y en los jardínes de Comáres y en los paseos del Generalife, lugares donde, al modo evangélico, puede decirse que "enel principio fue el aroma", porque sólo de Dios, aroma en si mismo, pueden haber nacido los demás.

Esta es Granada. Una ciudad que tiene a Dios como vitalmente recibido, porque se percibe la presencia divina en su belleza. Una Granada que cada primavera se hace pregón de lo divino y que, junto a Cristo, se arrodilla en la presencia de María que, al pié de la Cruz, sostiene al Hijo de sus entrañas, rezándole su particular y primer Angelus, porque desde la primera en la frente, hasta la tercera en el corazón, en Granada al presignarse se evoca siempre a la Madre de las Angustias.

Y porque Ella está siempre presente y porque sin Ella nos sentiríamos desamparados, dejadme decirle a ésta Celestial Señora:

Primero a Tí, celeste Madre mía,
maestra del donaire y la dulzura,
aurora en que la noche se hace día,
alcazar de la Salve de Granada.
Primero a Tí, porque en tu fé engalana
el angel de la luz su mediodia,
fuente alhambreña de toda pura melodía,
almena nazarí de toda Gloria, azul campana.
Todo pregón se rinda a Tí primero,
porque empieza en Tí toda ternura,
paloma de Angustias arrasada.
¡Bajen tu aroma y gozo al pregonero
y con la luz de la luz de tu hermosura
se quede su palabra arrodillada!.


Sí, arrodilladas ante Ella deseo que se queden éstas palabras de Exaltación a María, una semana antes de que atraviese triunfalmente "su" Granada. Palabras llenas de agradecimiento y gozo, porque el que os habla, más que el exaltador, es un amigo vuestro que, como el capataz, o mejor, el oscuro innominado costalero, en ocasión única -y por primera y última vez al mismo tiempo- va a intentar sacar, con la ayuda de Ella, no sobre sus hombros, sino sobre su corazón, el "paso" maravilloso, esplendente, de uno de sus más puros y caros afectos cofradieros por la puerta difícil y estrecha de una exaltación -puerta difícil y estrecha como la de la Justicia, por donde Ella pasa- porque una exaltación hacia Ella es como el paso en el que se la sempiterna Cruz de taracea y adornado con la variedad cromática de las flores que lo completan.


Y entre el tropel de sentimientos que me invade, descollando están, os lo decía antes, los de gratitud y gozo. Gratitud por el honor que me habéis dispensando, sin merecerlo. Y gozo, porque mentiría si ocultara la satisfacción, el hondo conteto interior que me produce estar aquí, a los piés de la Señora, para hablar de Ella, para exaltarla, para demostrarle el amor y veneración que todos los que estamos aquí compartimos, porque en Granada decir Angustias es decir Madre, es decirlo todo.



¡Angustias!. Con el nombre le basta. Angustias es hablar y rezar al mismo tiempo. Angustias en Granada es decir Reina, Señora, Confidente.


Y decimos que con Ella hablar y rezar es lo mismo, porque sólo al contemplarla estás ya confortado y el mensaje del Angelus se hace real y el Camino Eucarístico inevitable.

Porque se la mira encima del Tabernáculo..., y lleva a comulgar. Se la mira en el hacimiento de gracias..., y parece que nos sonrie.


Angustias alhambreña, delicadez consolante en esas manos que sostienen la cabeza del Hijo y entrelazan sus dedos con los del Redentor en una aceptación del dolor tan sublime que, aunque no quieras, te hace de Ella.

Angustias, de ojos dulcemente abatidos que con su mirada nos gana. Angustias, sutileza de unas lágrimas surcando unas mejillas que estremecen el corazón del más duro de los hombre.

¿Realmente llora, o es que es tan Madre nuestra que acepta dulcemente el sacrificio de su Hijo por la salvación de la Humanidad?. ¡Extraño llanto el tuyo, Angustias!.

Parece llanto, y no es.
No sé que extraña hermosura
tiembla en tu mundo de Angustias
desde la frente a los pies.
Vas a llorar y, despues,
tu llanto se hace mirada.
No sé qué corazonada
tu misericordia mueve,
que vas tornando en
sonrisa leve tu pena ahogada.
Tal vez será que el amor
convierte en gloria tu llanto
y vas subiendo a tu manto
toda lágrima y dolor.
No sé, pero tu temblor
a un tiempo es noche y es día.
Entre el gozo y la agonía
está tu pena tallada.
¡Angustias donde está sembrada
junto al dolor la alegría!.


Sí, se nos llena la boca rezándole a María. Y es tremendamente fácil hacerlo, porque Ella está en todas partes; nos asalta con su presencia en el lugar más insospechado; nos envuelve con su amor cuando menos lo imaginamos.

Cuando suena el Angelus en la Basílica de la Carrera o nos hacemos la señal de la Cruz al pasar por su puerta. Cuando se traspasa el Arco de Elvira y nos encontramos de frente un sencillo retablo con la Madre de Amores. Cuando subímos la Cuesta Gomérez para recrearnos en la inmortal belleza de la Alhambra y nos asalta la torre de una Iglesia que la cobija entre la cruz y la cera de sus altar... ¡Cómo te sale del corazón un "Ave María llena de Gracia"!.

Son las cosas de la Granada Mariana. Y es que la Virgen de las Angustias es nazarena de nacimiento y granadina y alhambreña de adopción. y el título de Hija Adoptiva se lo entrega Granada cada Semana Santa rubricándolo con un Canto de Alabanza que es un Magníficat nuevo, un Salmo tan hermoso como el mejor de los que contiene el Libro de los Libros. Nada menos que el de Madre, Madre, Madre. Y en ésta ciudad decir Madre es añadir: Angustias, Angustias, Angustias.


¿Quien nos enseñó a rezar así?. ¿Quién nos envolvió en éstas vivencias tan profundas?. ¿Quien nos hizo entender que Granada, nuestra Granada, estaba destinada a encarnar en la vida diaria a Jesús y a María?. ¿Quien nos metió en el alma la conciencia de que cuando decimos Jesús también decimos María?.

Posiblemente la fina intuición de las gentes de ésta tierra les hizo comprender que, sin el misterio de la Encarnación, nuestra salvación no hubiera sido posible. Y en ese misterio de la Encarnación Cristo y María son la misma cosa. Y avivados por la fé y la esperanza, supimos dar forma material a lo que no lo tenía. Y apareció la imagen enlazada de la Madre y el Hijo como símbolo de los misterios de la Encarnación y de la Redención. Y a esa imagen se la proclamó Patrona y Reina de la ciudad. Y surgió la Semana Santa, porque la Semana Santa es manifestación de la vida cristiana como Encarnación. Y esa Semana Mayor tenía que cerrarla el Sábado Santo Ella, abrazada al Hijo, encerrando de nuevo al Hijo en su regazo, como en una nueva Encarnación. Diciéndonos, en ese gesto amoroso y único de acogerlo, que la vida cristiana se reduce a vivir la misma vida de Cristo. Que la vida cristiana se concreta en el integrarnos, en el incorporarnos, en el insertarnos en la própia vida de Cristo. En acorgerlo, como Ella lo acoge.

Y Cristo es Dios hecho hombre, el Verbo Encarnado. Y todo el cristianismo -precisamente porque se reduce a Cristo, y Cristo es Dios revstido de nuestra carne- descansa y se apoya en el dogma capital de la Encarnación, igual que este Cristo muerto se aporya en el regazo de las Angustias de María, porque, desde que el Verbo asumió nuestra naturaleza a través de la carne y la sangre de María, la creación entera -como nos dice San Pablo- queda redimida por El. Y El se hizo hombre a través de Ella.

¡Qué magnífico mensaje nos envía esta increible imagen que tanto queremos y veneramos!. Porque esta Señora, llena de Angustias, nos está diciendo mudamente que nuestra misión de cristianos es encarnar, en Cristo, por Cristo, y con Cristo, el soplo de Dios en todo lo que nos rodea. Encarnar lo divino en lo humano. Fundir nuestra vida con la suya, igual que se funden Madre e Hijo en éste sublime abrazo que nos preside. Igual que se funde esa insignificante gota de agua que el sacerdote mezcla con el vino en la Misa para convertirse en la Sangre del Señor.

Hacer visible lo invisible. Hacer material lo que es. en principio, espíritu. Porque vivir por El es hacerlo humano, material, Dios hecho carne, para que, como bellamente reza cantando la Iglesia en el prefacio de Navidad, conociendo a Dios en forma visible, seamos por El arrastrados, arrebatados al amor de lo imposible.

¡Que bién comprendió Granada este misterio de que el cristianismo es encarnación que redime las cosas de la tierra, cuando colocó a la Madre de las Angustias, arrebatada de amor por el Hijo, en el centro de su corazón y la sacó a la calle en Semana Santa!.

¡Que bién lo entendió al materializar, al "encarnar", por decirlo así, a Cristo y a su Madre en la Señora de la Alhambra!.

Y na vez materializada esa encarnación en ésta prodigiosa escultura, orgullo del arte granadino, esta ciudad volcó en Ella todo lo mejor que tiene: plata, increíblemente labrada en forma de patio nazarí, para sus benditas plantas; flores hermosas para adornarla e incienso generoso para perfumarla. Y, como estamos eternamente insatisfechos y queremos siempre más para Ella, esperamos ilusionados el día en que la Iglesia la corone canónicamente como culminación de nuestros anhelos, porque Ella, que habría de obtener la corona definitiva de la Gloria por el Padre eterno, el día de su Asunción a los cielos, estamos seguros que nos proporcionará la inmensa alegría de concedernos su coronación también aquí en la tierra como prueba de nuestra fe y entrega, aunque Ella pasara por la vida como la más humilde y discreta de las mujeres, sin protagonismos absurdos ni búsquedas inútiles de nada que no fuera la sencillez y la prudencia.

Sí, es cierto, a Ella no le hace falta corona para ser Reina, pero, Señora, te queremos tanto que todo parece poco para ponerlo a tus plantas, aunque


Yo sé que no te hacen falta
flores para ser vereda,
lumbre para ser aurora,
fuego para ser hoguera,
luna para ser la noche,
noche para ser eterna,
agua para ser la nieve,
valle para ser la hierba,
hierba para ser espiga
de los campos de ésta tierra.
Ya sé que no necesitas
que te coronen de Reina,
ni que te prendan al pecho
un puñal de oro y piedras,
ni que te calcen de plata,
ni que te ciñan de estrellas,
ni que te encarnen el rostro
con amapolas trigueñas.
Yo sé que Tú no me pides
mis besos para ser Madre,
ni centro para ser Princesa,
ni una corona de Reina,
ni una flor para ser Bella.
Pero aunque no me lo pidas,
yo sí quiero que tú tengas
una corona de oro
y una toca de pureza
y un altar puesto de nardos
y una ráfaga de estrellas,
porque en Granada tu eres
su jardín y su vereda
y eres su noche y su día
y eres su torre y su puerta
y eres su mar y su nieve
y eres su cumbre y su sierra
y eres su pan y su espiga
y eres su Angustias eterna
y eres su evangelio vivo
y eres su mujer perfecta
y además de mujer, Santa
y además su Madre excélsa
y además de Madre,Virgen
y además de Virgen, Reina
que ha bajado de los cielos
a ésta Granada nuestra.
¡Permitenos, pues, Señora
que tengas corona de Reina!.


Y con éste infinito amor, cada Sábado Santo, Granada saca a la Madre y al Hijo a la calle, a la luz, a la vida. Los hace salir del templo a la ciudad. De la penumbra al sol. Los hace encarnarse y llegar a la realidad caliente y palpitante de Granada. A todo lugar donde los granadinos viven y trabajan, aman y sufren. Los hacer llegar a nuestras penas y dolores, a nuestras alegrías y a nuestras risas.

¡Que gran misión, cofrades alhambreños, la vuestra: acercar a Cristo y a su Madre juntos en el drama final del Calvario a Granada para verlo y sentirlo entre nosotros, de nosotros!. ¡Para poder caminar con ellos, los dos juntos, porque vuestra Estación de Penitencia es caminar conjuntamente con Cristo y con María!.

Y así es la vida cristiana, un caminar contínuo al lado del Redentor y de la Corredentora, porque no se concibe al Hijo sin la Madre, sin esa Madre amantísima que nos lo entregó para nuestra salvación y a la que tenemos que estar siempre dándole las gracias por su generosidad hacia nosotros.

Gracias madre,
porque eres la ilusión más atrevida,
porque Tú lo puedes todo,
sin pecado concebida,
mediadora de milagros,
luz de oro que la brisa de la tarde
acrecienta cuando sopla
sobre los cirios azules
de tus filas nazarenas,
acobiendo los deseos
de oraciones y caricias.
Gracias Madre,
porque pagas, con ternura desmedida,
a quien mira enamorado
esa aurota descendida
que es el brillo de tus ojos,
y las lágrimas prendidas
en el nacar de tu cara,
y el temblor de tu barbilla
y el sollozo que engrandece
tu belleza de mocita.
Gracias Madre,
porque eres ese sueño al que se aspira:
Estar cerca de Tí,
cerca del candor de tu mejilla,
y de tu porte de Reina,
y de tu pelo de endrina,
y del agua de tu llanto
y de esa flor encendida
que es en tu boca de embrujo
el enigma de la Vida.
¡Gracias Madre,
porque tuve la alegría
de acompañar por Granada
al Trono de Sabiduría,
a la Torre de David,
a la Fuente de mi Alegría,
a la Angustias Alhambreña y granadina!.

Así la queremos, así nos ale de la boca un "Ave María, gratia plena". Así aprendímos a sentirla entre nosostros día a día, mes a mes, año a año, desde nuestra más tierna infancia, cuando nos enseñaron las primeras oraciones que, normalmente, vinieron de unos labios femeninos que estában a nuestro lado. Oraciones que, por lo menos en el caso de quien os habla, salieron de la boca de una abuela entrañable, granadina de pura cepa, que llenó mis primeros años de vida de amor a la Madre de las Angustias, dejando en mi memoria, entre otras muchas, aquella oración, hermosamente tierna, que comenzaba así:

"Angustiada Virgen María, tesoro de aflcciones, que
después de haber adorado con tierna devoción y besado
con devota ternura la corona, las espinas y clavos de
Jesús, recibísteis amorosa, al pié de la Cruz, su
bendito cuerpo ya difunto, en vuestro doloroso pecho
y regazo maternal. ¿Cual sería vuestro dolor al
contemplar cerrados aquellos ojos que con una mirada
habían convertido a Pedro?.

"Dios te salve María, llena eres de Gracia...".


Y así, poco a poco, Ella fue convirtiéndose en algo consustancial a nuestra vida. Y fuimos viendo en Ella la versión materializada del amor materno, representada en una mujer extraordinariamente bella, hermosa entre las criaturas, con esa exaltación sublime de la bellaza que da el dolor. Un dolor inmenso, pero encajado con la dignidad y la realeza de la Madre de Dios.

Dolor profundo, consustancial, crredentor, digno y ejemplarizante. Dolor que nos parece decir cuando lo contemplamos: "Mirad y ved si hay dolor semejante al mío. Profundo y desgarrado, sí, pero impregnado de ternura, porque perdiendo a este Hijo gano a otros muchos hijos e hijas, gano a toda la Humanidad".

Por eso, y a pesar del dolor y por encima de él, destaca en Ella su ternura, su perfume de gloria de Dios, su foraleza. Ternura y fortaleza que nos hace salir de lo más profundo del alma un "Bendita Tú entre las mujeres". Que nos hace decirle:


Y en tu cara va la luz,
el fulgor de las estrellas.
Por tus mejillas resbalan
continentes de pureza.
Y eres florido azahar
y perfume de azucena
y gloria de Dios bendita
trasplantada a nuestra tierra.
Eres clamor en la calle
y del corazón saeta.
En la noche de Granada
eres su mejor estrella.
Y para el campo requiebro,
para el hombre fortaleza,
para la mujer dulzura,
para el caminante senda.
Causa de nuestra alegría
en tu sonrisa primera.
¡Bendita seas mil veces,
Angustias,
granadina y alhambreña!.


Sí, bendita Ella entre las mujeres, entre sus hijas, que la cuidan y veneran todo el año. Hijas que, fieles observantes del rito tradicional, se visten de mantilla el Sábado Santo con traje negro y sostienen con la peina una cascada de encajes sobre un pelo que la sujeta como el costal a la tabajadora.


Mujeres, camareras de la Virgen, damas de honor de la Reina, con el privilegio de gozar de su intimidad.


Mujeres, esposas y madres de nazarenos, de monaguillos, de acólitos, de costaleros, que empiezan a vivir la Semana Santa con una aguja, una plancha y un secreto heredado para quitar la cera y dejar las túnicas como si acabaran de estrenarse.

¡que amor a la Madre!. ¡Que perfecta compenetración entre la Señora y sus hijas que así le demuestran su devoción, su admiración, su profundo ejemplo de maternidad seria y responsable hasta el sacrificio más cruel y doloroso!. Devoción y admiración que se vuelca en una constante acción de gracias por su intercesión y de petición de ayuda en los momentos duros y difíciles de la vida, a la virgen atormentada e increíblemente hermosa en la que se conjugan todas las virtudes.


Siempre acción de gracias a María. Y esa acción de gracias dirigida a Ella, se vuelve ya amor desmedido cuando contemplamos en su regazo al Hijo de sus entrañas. Y se nos escapa del corazón y de los labios un "Bendito el fruto de tu vientre".

¡Bendito el fruto de tu vientre, Señora de las Angustias!, porque el que reposa desmadejado y muerto entre tus brazos está así por nosotros. Está así por llevar al sumo grado una hermosa palabra: Amor.

Contemplemoslo con los ojos del corazón y en El descubriremos el Amor sin límite ni medida. Y en esa Estación de Penitencia, que para nosotros se prolonga toda la vida, hallaremos la clave de un diálago entre Cristo y nosotros. Un diálogo que no a todos es dado comprender, pero que a nosotros, los que vivimos su Pasión toda la vida, ese Cristo nos parece preguntar como lo hizo a sus discípulos: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo?.

s€eñor, Tú eres el Amor que no espera de precio ni recompensa. El Amor que no tiene límite. El Amor que es aceptación de la persona amada. El que no desea cambiar sino acoger. El que no precisa ver para amar. El Amor que ya ha perdonado antes de juzgar.

Señor, Tú eres el Amor entre padres e hijos; hermoso amor que tanto tiene de renuncia, para que lo que es diverso por naturaleza, se funda en el crisol familiar. Amor que no trata de poseer y que tantas veces es guardado para que, cuando el hijo lo precise, lo descubra intacto, esperando, sin reproches. Tipo, éste, de amor, del que Tu Madre María supo y practicó tanto hasta el último y doloroso instante en que fuistes depositado entre sus brazos llenos de la mayor Angustia del mundo.

Señor, Tú eres Amor a los hermanos, sin necesidad de buscar lejos, porque lo tenemos a nuestro lado, en el trabajo, en la Hermandad, en el propio barrio, en el piso de enfrente.

Pero, ¿por qué te decímos Señor qué es el Amor, si aquí mismo, en este altar, está la representación palpable de ese amor desmedido?: Un Cristo de ojos cerrados, ensangrentado, desmadejado, entregado a los brazos de su Madre como en un susurro. Entregado tan suavemente como el leve roce de sus costaleros en su salida procesional. Reclinado sobre el pecho materno, agotado por Amor. Ofreciendo su costado abierto para que también la última gota de su sangre nos sea ofrecida. Entregándonos a su propia Madre, llena de dolores, a nosostros para que Ella sea la Mediadora, la Madre nuestra.

Y con El, una vez consumado el sacrificio, está, ahí la tenéis, María. Intimamente enlazada al hijo. Dándonoslo todo. Ofreciendonoslo todo y salvándonos por Amor. Haciendo, en defenitiva, realidad palpable con su sacrificio el canto del Magnííficat: "Bienaventurada me llamarán todas las generaciones porque hizo en mí grandes cosas el Poderoso".

Si, Bienaventurada Tú, Virgen María, y bienaventurada Granada que te eligió como Reina y a la que tu propio nombre sabe a amor de Madre, a dulzura de miel, a incienso que inunda el cielo, a rosa de bello color, a pájaro que alza el vuelo, a poema, verso y flor, porque:

Tu nombre, Angustias, es como el brocal
de un aljíbe muy profundo.
Tu nombre es hostia de altar
y anilla de eternidad
para la pena del mundo.
¡Angustias, dame el clavel
de tu corazón sublime!
¡Dámelo para estar lleno
del mismo Amor que está El!
¡Angustias, que buena miel
la que te alimenta a Tí!
¡Dámela para que, así,
tu sabor baje a mi mano
por el aroma impalpable
de tu manto azul añil!.


Y bienaventurada entre las generaciones y elegida como Reina, sale a la calle. Y la sacáis a Granada en un paso extraordinario, magnífico, digno de Ella. Un paso hecho en función del consuelo de su pena infinita. Un paso confeccionado para que la acompañemos y que nos dá la sensación cuando lo vemos de que ni llega ni se vá, porque está hecho para que nosotros caminemos con Ella y necesitemos apremiantemente consolarla, porque, si de Angustias sofe, nosotros queremos ofrendarle nuestra humilde compañía.

Es mujer, es reina, es madre..., y llora. ¿Qué no haríamos para distraerla en su dolor?.

Por eso, las flores que la realzan son las más hermosas y están dispuestas con exquisíta elegancia a sus plantas. y su diadema es de plata y su cruz de exquisíta taracea y hasta el sudario que de esa cruz pende, queda tornado en el más sutíl y delicado encaje que pudieron bordar unas manos de mujer.

Todo blanco, todo inmaculado, todo puro, porque así es Ella, Inmaculada, Encarnación de la Pureza, una nube blanca colgada en el azul celestial de su manto. Por eso, la Virgen de la Alhambra en la calle es:

Blancor de blanco sudario
en la tarde que declina
y blancura que domina
rosa y clavel y sagrario.
Azul y crema en sus filas,
broche sublime del día.
Y ésta, su Real Cofradía
de entregados nazarenos,
empapados de su amor,
siendo más, llevan menos,
las Angustias de María.


Ahí va ya la Virgen en su paso, en su justo sitio. Ni más ni menos glorificada, ni más alta ni más baja. Justo en el sitio que le corresponde. En ese sitio preciso en que Granada la puso sin pararse a estudiar mucho en discusiones y análisis, antes del dogma y de las definiciones.

Y es que si con el dolor de Cristo nos sentímos abrumados porque la sangre, los tormentos y la muerte supusieron, en frase de San Pablo,"el anonadamiento y la humillación de Dios", que era bienaventurado y grande sin necesidad de sacrificio, con la Virgen no sentímos esa opresión, porque sus dolores y sus lágrimas,su tristeza y sus angustias, sonel presagio de su triunfo. Porque, cuando en la Encarnación aceptó su maternidad, allí mismo se gestó la causa de su exaltación y se convirtió en la causa de nuestra alegría.

Por eso la noche del Sábado Santo en Granada es alegre, y la ciudad exterioriza esa alegría ante Ella entregándole su corazón arrodillado, como arrodilladas parecen las flores exóticas y los blancos claveles que la adornan. Porque sólo con el corazón arrodillado podemos esperar el caminar garboso por las calles granadíanas de esta Señora que, aunque coronada de dolor, es, sin embrago, bálsamo consolador para nuestros pechos atribulados que saben que, porque Ella lloró siete mares de lágrimas amrgas, pueden esperar confiados el ser algún día libres de las siete cadenas del pecado, cadenas rotas que son pedestal y peana para su trono glorioso.

¡No, no levantémos del suelo el corazón arrodillado cuando Ella pasa, porque, como la luz en la oscuridd, se nos acerca suavemente, con acompasado ritmo costalero, las Angustias de la Alhambra, tan bella como la más bella mujer de Grananda!.


¿No os habéis preguntado alguna vez qué arrebatada melodía le entonaría al oído el Angel de la Graica al escultor Ruiz del Peral para que, al tallarla, lograra de sus manos tan acabado milagro de hermosura?. Porque su belleza va más allá de lo puramente estético. Porque no sólo es hermoso lo que físicamente se nos aparece bello,sino también todo lo que hay en ese gesto callado de resignado sacrificio y de aceptación confiada de la voluntad de Dios, por muy torcido que nos parece el camino por el que ese sacrificio nos llegue.


Y como Granada los sabe, lo comprende y lo valora, sigue a la madre de Angustias con el corazón arrodillado, en emotíva comunión de efectos, por las calles y plazas cuando, en la noche del Sábado Santo, cruza la ciudad esta Virgen callada, sacrificada y sumisa a su destino. A lo que, en definitiva, Dios dispuso para Ella.

Una Virgen que, además, es dueña y señora de un templo a Ella sólo encomendado. Un Templo que Ella preside y que es un prodígio congregador de Avemarías junto a la Alhambra. Un templo de retablo barroco que la enmarca entre las escalas de la cruz y la etrna Primavera que, puertas afuera, se vive y se palpa en los bosques alhambreños.

Templo de Santa María,
cofre para una Señora.
Jardín de velas brillantes
donde nacen los aromas
de la Angustias adorada.
Templo de Santa María,
refugio sutíl de su gracia.
En tí Granada se esconde
para besar a la Virgen
en la Angustia de sus lágrimas.
Templo de Santa María,
joyel, primor, relicario:
¡donde la fe de Granada
tiene dormido en su muerte
a Jesuscristo en los brazos
de la virgen de la Alhambra!.


Y aquí mora todo el año y aquí está su casa y desde aquí, cuando llega el Sábado Santo, sale para su triunfal paseo por Granada. Un día especial para Ella y para nosotros, porque la sentímos más cerca, más viva, más real, más nuestra.

Ese día la Iglesia de Santa María es un hervidero de preparativos y esperanza. Afuera espera el gentío, la música, la saeta. La campana de la Vela aguarda. Todo parece estar preparado en ese esfuerzo extremoso de generosidad por tener contenta a la Madre.

Antes del anocher los nazarenos van formando las filas en el interior del templo y el rico juego de insignias que preceden y anuncian a María ocupan sus puestos.

Suenan unos golpes secos en la puerta y la Cruz de Guía se perfila entre el templo y el exterior.

La Estación de Penitencia se pone en marcha.

Ya está el templo casi vacio cuando se producde la primera "levantá" del paso. Momento emocionante, intenso, entrañable, ese en el que, a la voz recia el capataz -"A ésta es"- su mano golpea la campana y Ella, la Virgen de las Angustias, se alza al aire. El paso comienza a moverse lentamente en la penumbra que, desde fuera, parece oscuridad, por entre la abierta puerta del templo.


Las filas de nazarenos, un cordón ambulante, han traspasado ya las pueras del Vino y de la Justicia. Salen los ciriales. Todas las miradas se concentran en esa oquedad que, a modo de pozo profundo, parece no tener fondo.


Se hace un silencio espeso, hondo. Un silencio que tiene cuerpo y volumen, peso y medida. Un silencio que se podría amasar y darle forma como a barro de alfarero.

En la penumbra, sobre el marco de la puerta, se recorta ya el paso y en él la figura de la Madre. Un escalofrío en el que los natural y lo sobrenatural se funden, nos sacude a todos, nos inmoviliza, nos pone entensión. Se va a producir el milagro de la salida.

Sólo se oyen pocas, nerviosas, rápidas, las voces del capataz y las pisadas rítmicas y casi, casi, la respiración fatigosa de los costaleros. Todos los ojos están pendientes de ese momento y el capataz lo sabe, porque todos están en la espera, en la espectación ansiosa y, al mismo tiempo, confiada, de que la dulce Señora y el trono que la lleva no sean rozados ni lévemente por el aire que, como un contrasentido, penetra de fuera a adentro.

Imaginemos por un minuto la abigarada y compleja situación de ánimo del capataz enel que se mezcla el santo y noble orgullo, el gozo y la satisfacción con esa inquietud nacida de una conciencia clara de la tremenda responsabilidad. E imaginemos también el estado anímico del costalero, uno cualquiera, un hijo del pueblo de Granada, situado ya bajo el paso en el momento solemne en que arrima por primera vez el hombro a la tabajadera, sabiendo que de su esfuerzo y de sus movimientos pueda, acaso, depender el milagro de la salida. De ese costalero en el que el trabajo se hace sudor y rezo al mismo tiempo, porque es mucho el mundo de sentimientos bajo un paso y son muchos los testimonios de fe que encontramos en esa morada oscura que llamamos parihuela, porque el costalero es hombro de Dios y de su Madre y cifra su sensibilidad entre la ropa sudada y el clavel que llevará a casa de su Virgen de las Angustias, de esa Virgen que sostuvo con su cuerpo.

¡Cuánto amor a la Madre en todos!. ¡Ya está en la calle la Señora de Granada!. ¡Ya se desataron los sentimientos!. Ya ha salido nuestra dulce Virgen alhambreña y buscamos su mirada absorta y con admiración la ensalzamos y con enormes unción le rezamos y con profundo cariño te miramos, Madre nuestra de la Alhambra, porque, desde tu dolor, marcas a los que te contemplamos el signo de la esperanza divina. Esperanza sentida y ansiada, porque eres, Señora nuestra, la encarnación perfecta de la misericordia del Dios.

Ya inicia la Cofradía la entrada en la gran aretria pasional de Granada. Y en su ancho vestíbulo de los bosques de la Alhambra nuestro corazón espera. Y pasarás la Puerta del Vino, llena de estrecheces sutíles, y luego la de la Justicia, entre cascadas de fuegos que son reflejo de tu Gracia. Y entrarás en la ciudad, en tu Granada, lentamente, paso a paso, chicotá tras chicotá, avanzando sin medida del tiempo ni de la espera, porque esperar Tu llegada es esperar la alegría del cielo.


Y ya avanza sin avanzar
moviéndose en lo quieto,
andando sin andar,
las Angustias de la Alhambra.
tejiendo hilos de susrro,
ahogando los alienos,
oyéndose los tambores y clarines,
nublando el aire el incienso.
Y se para en el saludo,
y se levanta al encuentro
de un pueblo que, enamorado,
grita des sus adentros:
¡ésta es nuestra fe,
éste es nuestro credo,
ésta es para nosotros la Virgen,
asi es éste sueño alhambreño
que de las Angustias llaman!.
¡Dichosa eres Granada,
porque lo que llega y pasa
es la Madre, es el amor,
es la entrega, es el sentimiento,
es la Providencia de Dios
que nos ofrece a su hijo
para que obtengamos consuelo!.


Y tras de Tí irán, Madre, un mar de mantillas, revuelo del alma artesana granadían, prensadas entre la multitud. Y la ciudad vivirá tras los visillos de una blonda para mirar de cerca a la Señora, porque sus camareras, Virgen de la Angustias, sabedoras de los dolores y tristezas de la Alhambra, asumen tu tristeza y tu pena y por eso ponene mantillas sobre las firmes celosías de lapeina y en sus manos arden plantones de cera de las que florecen, trémulas, las llamas, convirtiendo así esas luces, áscuas serneísimas, en el calor del alma de Granada. Porque ese calor es la fe y el amor que aompañan a la Virgen, a Santa María de la Alhambra. Porque también queman las Angustias que Ella en su pecho soportaba.


Y así trascurren las hotas y se acaban las últimas luces solorosas del Sábado Santo con el fuego nuevo y con el cirio pascual, símbolo de la carne de Cristo.


La noche besará la muerte de Jesús, pero la medianoche todavía llorará con las Angustias de la Alhambra. Unas Angustias sin palio, bajo la noches sola, que parece la meterialización de aquel verso de Rafael Morales: "¿Por qué el aire de Abril se hizo pena?.


Hora, compendio, concilio, balance de la Semana Santa granadina.

Al verla perderse por la Puerta de las Granadas, camino de su refugio que todo el año la guarda, a la mente se nos viene un último pensamiento: ¿Como sería aquella Angustia de María pensando en su casa de Nazaret, aromada con el amor de su esposo el fiel José y llena de Niño alege y mediodía?.

Flotando queda en el aire la última imágen de la Sábana que de la Cruz pende y a la que el proverbio de Samec llamó: "Hermosa tela".

El paso que sabe a cielo, a rompimiento boreal, a chipensalismo de la artesanía, se diluye en la lotananza y con él las Angustias de la Madre, toda Ella flor blanca, toda Ella última luz de agonía.

Ya las sombras ocupan los sítios que Ella habitaba y la claridad se apaga en el húmedo pabílo de la noche.

Ya se encierra la Virgen en su casa, pero es un encierro simulado, porque Ella todos los días permanece en la calle, en nuestras casas, en los quehaceres diarios. Porque Ella se queda entre nosotros y es la que inunda de alegría esta tierra. Porque Ella es la Vida, la Dulzura y la Esperanza nuestra, y porque su luz, la que Ella generosamente derrama, es como una llama que pervive todo el año. Una llama que envuelve al mundo. Una llama meridiana y universal que volverá a hacerse Oriente dosce meses después.

Una luz que es su propia mirada y que antes de perderse en el misterio de los bosques alhambreños, nos dejará una memoria de blancura en los ojos y en los labios, un regusto de alabanza y de recuerdo que nos inunda el corazón y que nos hace dirigirle éste último y postrer requiebro:


A Tí, jardín celeste donde mora
en su tranquilo sueño la belleza;
a Tí, donde descansa su cabeza
de silencio y de lágrima la aurora.
A Tí, Angustias andariega de Granada,
reina del amor y la tristeza,
en cuyas manos el Redentor reposa
y en cuyos ojos el amor llora.
A Tí, a tu frente pálida y dormida
donde la muerte se convierte en vida
y el dolor se hacer ternura.
Solísima cosecha de dolores,
última vía penitente, postreras flores,
¡a Tí te da Granada su hermosura!.

Y llena de hermosura y viva en nuestros corazones, permanece y permanecerá siempre. Y día tras día su recuerdo y el saber de su presencia, nos ayudará a llevar la cruz de la vida. Y viva seguirá mientras exista Granada y esperemos su visita cada Semana Santa.

Vengan los ojos del mundo a mirar. Venga la oscuridad del mundo a vestirse de oro en las alcobas del amanecer. Vayamos juntos a contemplar una de las Cofradias granadíans más señeras que conoce la calle. Candelabros encendidos de las ramas, palio de claridades del aire, cruz arrebatada de la tarde, calvario luminoso del crepúsculo...

Y, movida desde las trabajaderas de la fe y la alegría, Granada. Virgen y Cristo a un tiempo. Esperanza y tránsito, oración y crucifijo... y Resurrección.

Y frente a Ella, bajo Ella, tras Ella..., en Ella, la saeta inacabable de las Angustias de maría, porque Ella, sólo Ella, siempre Ella, es el Templo del Espíritu Santo con el que la Primavera rinde culto a Granada.




JOSE LUIS BAREA FERRER
2 de Abril de 1995




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